Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Gaia’s Heart

– A la mierda, madre. Me tienes hasta los huevos, en serio, no tienes ni trabajo por estar follando con el primero que se atraviesa, ¿y no me dejarás ir contra los Red Debils? -, dije, aunque en mi corazón sentía que mi carácter agresivo y poco común en un joven no me serviría de nada. – ¡¿Qué me dijiste, Holloway?, soy tu madre, y a mí me respetas! -, fueron las palabras que escuché de esa hermosa dama; dama que me crió, pero que por la falta de capital no tenía con qué sostenerme, aparte de arraigarme a punta de fuertes manotazos. – Así no te guste, mamá, ya trabajé para comprar la entrada al estadio, y por tus putos caprichos no dejaré de ir a alentar con Peter y la firma -, aseguré ingenuo yo, sin pensar que desde ese día me convertiría en algo que juré no ser cuando pequeño. Mi madre, casi agonizando de rabia, se echó a llorar y a correr por esas módicas escaleras hechas de una madera poco fina, en donde se plasmaban el dolor y el sufrimiento de una familia desgraciada, desdichada, infortunada.
Realmente no me importaba en ese entonces lo que pensara mi familia, igualmente le pondría los cordones a mis zapatos, los ajustaría obviamente no antes colocarme mis pantalones rasgados, a medio entubar; mi camisa encajada a mi pequeño cuerpo y obviamente y por último, esa chaqueta Lonsdale que me regaló aquella vez mi tío Alfred, al cual dejé de ver tras su ida a Irlanda.

Agarré las llaves de la casa, las cuales eran sujetadas por una cadena poco gruesa y rápidamente encanché estas en mi pantalón, impidiendo que se calleran e igualmente colocándome a la moda de ese entonces. Me encontré con Peter, Mike, John, Morgan y Arnold en ese parque deteriorado, en donde en bastantes ocaciones se podían ver vidrios rotos, la silueta de un hombre caido, el zapato que salió volando tras el patadón, el cuchillo que fue tirado aunque falló -y por eso estaba clavado en la tierra -, las bandanas de diferentes colores que simbolizaban obviamente algún equipo de fùtbol, y un largo astillero de objetos nocivos y cortopunzantes.

Luego de una no muy larga charla entre “el combo” de amigos, decidimos ir a paso rápido hacia el Highbury: estadio el cual describíamos como nuestro segundo hogar, aunque la mayoría de veces el primero, pues había alegría, melancolía, tristeza, amargura, felicidad, bienestar, desgracia y una gran cantidad se sentimientos, los cuales no se vivían ni en la casa mía ni en la de mis amigos.
Llegamos antes de lo previsto, no estoy seguro si llegamos en algún momento a correr o no, aunque si recuerdo esa satisfacción al saber que llegaríamos al estadio a ver el tan anhelado partido que nos cambiaría la vida, sí, ese, Manchester United vs Arsenal F.C., sabía que ganaríamos, y si lo hacíamos, sabría que daría mi primer golpe ante un hincha de otro equipo.

 

 

Es verdad, sí, me aloqué, la eurofia que sentía rodeaba mi cabeza y se apoderaba de mi cerebro como una enfermedad terminal. Grité hasta quedar casi afónico tras el tan deseado gol, el 1-0, lo juro por lo que más quiero que no olvidaré ese gol; ese balón pateado que rodando rápidamente reventó la cancha del Manchester, el delantero que saltó a la vez que irrumpía el movimiento del viento con su mano empuñada, el arquero que caía agotado ante un pasto perfectamente podado y el defensa que pateaba al sereno por haber dejado que el balón terminara en la cancha.
El agotador tiempo -sí, agotador, cuando lo disfrutas pasa a toda mierda, cuando no, espera una eternidad -, pasaba y yo no cesaba de gritar y alentar a mi equipo. Todo estuvo excelente hasta que acabó el partido. Nos dieron la salida primero, por lo que seríamos nosotros los que debíamos esperar a los Debils.

Salimos y veía a Peter nervioso, Arnold, Morgan y John atemorizados, quizás. Pero yo no, sentía ese exquisito amor por lo desconocido, que comencé a saltar y a mover mis brazos, algo que ahora mismo me suena ridículo. Dieron la salida a los Debils y cada hinchada lanzaba esas atemorizantes miradas que nos insitaban a acabarlas con los nudillos de nuestros puños, cosa que no tardó. Unos tipos comenzaron a tirarse piedras y botellas de vidrio, a lo que salieron al encuentro y nosotros sin dudarlo trotamos hacia la otra hinchada sin mirar atrás, sin mirar los obstáculos, los efectos que esto produciría. Cuando me veía cerca al barrabrava del Manchester, decidí caerle saltando y llevando adelante mi pierna izquierda, la cual llegó a caer al cuerpo de este hombre y haciéndolo caer. Como todo grupo, al verlo caido, comenzamos a patearle la cara y golpearle en las zonas que sabíamos, por experiencia, que dolía.

No puedo decir que la pelea fue monótona, yo alcancé a dar patadas, puños, rodillazos, codazos y cabezados a la persona que se me atravesara, algo que después me hizo arrepentir, como los dos equipos llevaban camisetas rojas, quizás golpeé a más de un Gunner.
Cuando vimos que todos comenzaron a correr, hicimos los mismo y conmovidos por lo que estábamos haciendo, creo que logramos correr a una velocidad récord. Perdimos a la policía y llegamos a la casa de John, en donde lo primero que vimos fue un espejo, en donde se veían los golpes que habíamos recibido. Sin dudarlo, fue Peter al que más golpearon, y esto se denotaba por una cortadura que tenía por toda su frente, la cual sangraba bastante. Como no teníamos conciencia de lo que hacíamos, símplemente nos limpiamos y fuimos de partido en partido, siempre salíamos con la cara desfigurada, aunque la verdad, felices, felices de lo que éramos.

 

 

– Hijo, llévese la camisa gris, que esa calienta bastante, mire que está lloviendo y según escuché, a ese partido no va mucha gente porque siempre termina en conflictos.-

Yo sé lo que dicen, ni modos que no, soy yo el Hooligan del Arsenal, soy yo el que siente el odio hacia los Hotpurs hijos de perra, pensé, aunque no me atreví a decírselo a mi madre que tanto había sufrido; la última vez que tuvimos una discusión se fue a la casa de ese viejo depravado y me dejó dos días solo en la casa, aunque para qué decir mentiras, esos dos días gasté la comida de la nevera con mis amigos mientras veíamos pornografía en la nueva definición que en ese tiempo salió.

Me coloqué la chaqueta que me dijo mi madre, porque la verdad me gustaba, era beige con tela por dentro de ella que realmente daba calor, y dentro de ella usé una camisa roja la cual tiempo atrás había grafiteado con un spray negro: esa camisa significaba rencor, odio, destrucción y rebeldía para mí. Unos pantalones negros tirando a grises y unos Lacoste blancos totalmente.

Iba caminando con el cuello de la chaqueta en alto, miraba a todos lados, no sé por qué mi alma me decía que tenía que tener precaución, me iba a reunir con John y hacer escala en su casa para llegar al Highbury y eso no suponía mayor riesgo. Pasé por el callejón lleno de charcos, giré hacia la derecha a dos cuadras de llegar a la casa de mi amigo y justo, joder, justo me encuentro con 6 ó 7 personas que portaban ropa totalmente negra con azul oscuro, y me dije a mí mismo: hasta aquí llegó Holloway. Miré con eficancia al más alto, fruñí el entrecejo, coloque rápidamente mi pierna izquierda un poco más adelante de la derecha y me impulsé con esta para ir a toda mierda hacia el otro lado. No miré atrás, sólamente valía la velocidad a la que fueran mis piernas, corrí a todo lo que pude hasta que logré ver por dónde girar; por ahí me metí y por sorpresa mía, encuentro un grupo de más de 70 hombres de rojo, quienes al ver a los Hotspurs (hooligans del Tottenham), salieron a correr a mi rescate.

Quedé atónito, joder, no sabía por qué me había quedado quieto bajo la lluvia, estuve cerca de una de las palizas más fuertes de mi vida. Cuando logré tener de luego la compostura, seguí caminando hacia la casa de Henry.

 

 

Me he metido en muchos problemas los últimos años y la verdad, desde la ida de Peter a Estados Unidos esto ha sido muy apagado, no siento lo mismo por el equipo, quizás ahora lo tomo más como un reproche para golpear y torcer narices, algo de lo cual ya me acostumbré.

Muchos me toman que soy homosexual, que amé a Peter y a todos les he hecho sangrar; me he hecho muy peleón, busco cualquier pretexto para golpear a alguien, bien sea por el equipo o por cosas mal llamadas personales. Pero, si en Grecia los conocidos tenían a sus amantes, cual Alejando Magno a Hefestión y Aquiles a Patroclo, ¿por qué mierda me llaman homosexual, si no siento amor por él, pero sí una gran amistad? es algo que me he preguntado siempre. Los griegos clásicos —como me gusta llamarlos— tenían una muy buena forma de pensar, deberían ahora los hipócritas e ignorantes políticos saber lo que tiempos atrás se discutió en un pueblo hecho de mármol.

Eran las 2:35 de la madrugada, a esas horas solamente estaba despierto si tenía a una mujer entre mis piernas, pero ese día estaba solo, por lo tanto, dormido. Me llamó Helen, la madre de Peter, y lloriqueando y esto haciendo que su voz se quebrara, me dice que Peter ha muerto, que se suicidó, que era de un mafia muy importante en Los Santos y que quería que fuera a ver al hermano de él, a William, porque debía estar muerto de tristeza. La familia Maxwell me había caido muy bien y en Inglaterra no encontraba esa pisca de.. de emoción que necesitaba, por lo que decidí llamar a Henry y pedirle que me llevara al aeropuerto, que partía y no volvería, que me muero y que necesito que mi alma encienda sus motores.
Llegué, como el padre de Pete’ era consejal de la reina, me logro hacer en puestos de primera plana, pero por mucho poder que tuviera el padre de Peter, tuve que contar casi cuatro horas esperando al avión que iba directo a Los Santos.

Así fue, miraba la nublada ciudad hasta llegar al mar, en donde sumido en el dolor y la tristeza, logré dormirme y despertar cuando había llegado a Los Santos Intercontinental (LSX), y bueno, me encontré con William, quien estaba llorando; por obvias razones lo salude. —Lamento lo de Peter, fue un buen chico.
— Yo dejé que lo agarraran, Joey, fui yo! — dijo entre lágrimas esta persona impotente ante desear regresar a la vida a Pete’, Pete’ el de las historias, Pete’ el del estadio, Pete’, mi mejor amigo.

 

 

Sumido en lágrimas, William subió a su coche la única maleta que llevaba, solamente con ropa y en un bolsillo escondido el dinero que tenía. Más que pesar sentía dolor compartido, por así decirlo, pues Peter fue un gran amigo de infancia que realmente estimaba y tener al lado a su hermano, era difícil, era muy difícil igualmente soportar las lágrimas que el acontecimiento pedía. Llegamos a su casa y aparcó el auto, yo bajé y caminé rápido hacia el maletero, el cual abrí apretando una palanca y estiré mi mano hacia el agarrador de la maleta, luego la bajé y me dispuse a entrar a la casa. La casa no era muy bella como yo creía, el barrio no era de los mejores en Los Santos, según él porque era escondido y él necesitaba uno así.

Luego de beber algo -que no era jugo de naranja-, nos fuimos hacia un muelle que tenía una vista muy bella, en donde nos quedamos para ver cómo la luna contemplaba todo su esplendor entre la angustia y la solemnidad de aquella noche. También veíamos el mar, el oscuro y realmente desconocido depósito de aguas turbias, a las que nadie conoce en su totalidad, nadie. En eso llegó un chico flaco, su estatura de por sí no era muy relevante, llevaba unas gafas que le cubrían los ojos al ser playeras y llevaba un jean oscuro con una chaqueta beige.
-Los vengo viendo desde hace un rato, no están tan contentos, ¿eh?- preguntó ingenuamente el chico con un tono algo irónico que la verdad me molestó al comienzo.
-¿Y tú por qué te metes donde no te ha pedido tu mamá?- aseguró William, quien demostró que los dos no estábamos en el mejor momento de nuestras vidas, diciendo su última afirmación con algo de furia.
-¡Épale, tranquilos, yo tampoco estoy muy bien que digamos! – exclamó el chico, al cual se le notó algo asustado al ver los gestos de su cara.
-¿Cómo te llamas?- pregunté.
-Soy Ángelo, podéis llamarme como tal, así me dicen mis amigos, aunque también a los que acabo de conocer.- respondió al que ahora sabíamos que se llamaba Ángelo.

 

 

No sé por qué me decían que estaba raro, constantemente me preguntaban si estaba enfermo, no comía, mis ojos eran velados por las moradas ojeras que destellaban en mi cara. Me dejé crecer el cabello, de igual manera mi barba, la cual dejé que asomara los bellos predeterminados. ¿De la mafia?, vamos, que de la mafia no quiero hablar, derramamientos de sangre innecesarios casi por sacear la sed y asegurar que sí éramos una mafia. Recuerdo un día en que llegamos a reclutar negros para que entraran a nuestras filas, qué puta mierda, en serio daba asco.

Algo en mi interior debía cambiar, una incesante segación de mi subconciente me decía que no vine a América a hacer lo que estaba haciendo, y ésto se reveló tras la muerte del último Maxwell, William, quien al frente de la reconocida bomba de gasolina de Dillimore, al frente de la comisaría, se disparó con una magnum, haciendo así recordarme al maestro del grunge, Kurt, pero éste llevaba su droga dentro de él. Cuando murió William, me percaté de que quedaría al frente de una mafia que no era mía, pues bien el nombre de ésta era los Maxwell Brothers, así que sin más, agarré mi viejo auto y apreté el puto acelerador y así, me sumergí por las amplias autopistas de Estados Unidos. Recuerdo que hice más paradas que lo normal, me lo tomé como un viaje, ¿y por qué no?, tanto dinero en mi maletero hecho ilegalmente que no sabía a dónde llevaría, hasta que si, llegué a Canadá a mis 31 largos y ¿prósperos? años.

Windsor, Ontario. Llegué a las 7:30 desde Toronto, en donde le alquilé la casa a un viejo. Un súbito cambio de destino me hizo llegar a esa casa, pero justamente, a esas horas, en donde no había dormido por estar conduciendo toda la noche, el auto comenzó a soltar humo desde el motor, ¡la puta mierda!, ese histérico momento en que te dan ganas de impactar frenéticamente contra una pared a 320km/h. Pensaba, joder, ahora conseguir un mecánico, como sea. Llegué al único taller mecánico que veía cerca, abarrotado con el mugre y la suciedad de sus trabajadores, todos con pantalones de cuero o jeans vaqueros, con su chaqueta de cuero con parches en ella e insignias, hasta que bueno, me atendió un tío de edad, con canas por todos lados aunque el pelo no dejaba de parecer desgreñado.
—Soy Mickey, ¿qué le pasa a tu auto?— mientras miraba el poco humo que salí del motor —Putos autos de cuatro llantas, ¡venga!, no sirven para nada.
Reí levemente por educación y por mi inocencia, mientras miraba de sobremanera los harlistas que se avecinaban a mi auto y lo miraban como si de ellos fuera, no le dí importancia, hasta que me lo arreglaron y Mickey me invitó a pasar a su oficina, una pobre y abandonada sala de charlas. Me invitó un café, los dos lo tomábamos hasta que..
—No tienes la puta cara de civil, venga, que tengo experiencia, ¿a tí no te interesaría vender ese bulto de metal y comprarte una Chopper?, ¡hazte hombre!

 

Escrito desde el 01 de Septiembre de 2010 hasta el 02 de Diciembre de 2010.

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