Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Loghain hijo de Merander.

Nació en el puro centro entre Aden y Oren. Tuvo serias complicaciones al nacer, entre ellas que nació a la mitad del séptimo mes de gestación. Su padre era un desafortunado mercader y su madre no era más que la que trabajaba en los pequeños campos de autogestión de la familia.

La infancia de Loghain fue severamente solitaria. En el conjunto de casas encontrado en el centro de la distancia entre Aden y Oren no había ningún otro niño de su edad. La educación padecía en lo que su padre reunía en un libro en sus viajes de mercader y aprendía a la vez. Y por más abierto del mente que el niño fuera, no tenía medios para aprender más.

Lo mejor que podría hacer era sentarse en aquél árbol de manzanos, viendo de allí arriba todo lo que pudiera a su alrededor. Su presencia era nula y pasar inadvertido era virtud del niño. Al movimiento de las ramas él iba y si quería perderse de una cruda realidad, podía fácilmente ocultarse en la naturaleza. Tenía el poder de ser una sombra perdida en los crudos días nublosos de Ivory.

Desde pequeño era altísimo y tan sólo a la edad de trece años ya le llevaba unos centímetros a su padre. Sin embargo, a esa edad era simplemente raquítico. A veces era fácil creer que había más huesos que carne en el cuerpo del niño. De esos cuerpos que nisiquiera un perro desearía tener de comida. En todo caso, su padre sabía que con una buena túnica eso no sería problema y que entre la multitud y en sus viajes, su hijo impartiría respeto, así que en una perdida tienda en los comercios de Oren compró una capa verde y gris que a decir verdad, se confundía con la naturaleza y era muy larga. La compró sin pensarlo y se la dio a su hijo, quien con gusto se la probó. La capa seguramente le llevaba toda una pierna de él.

Fue creciendo, últimamente estaba concentrado con dos palos que encontró, ambos parecían dagas largas, quizás una de ellas llegaba a ser una espada. La velocidad de los flacos brazos llevaban los palos de madera hacia su objetivo con rapidez y los golpes, para él, eran de auténtico guerrero. Sin embargo no era más que un intento de un niño por apoderarse del dominio de las espadas. Aunque hay que decir que tuvo suerte: Conoció a quien pudo ayudarle a mejorar su habilidad con ambas espadas.

Conoció a un peculiar personaje que se encontró a las afueras de un bosque, sin embargo la verdad era que el personaje lo encontró a él. Se hacía llamar Fidel, llevaba una túnica grís oscuro y una capa casi igualita a la que el padre de Loghain le había regalado, color verde oscuro también. Le explicó que una persona con la descripción física del joven no era para llevar algún escudo o ser usado de defensiva, sino que por el contrario, su velocidad debía ser fortalecida y ser un ítem de daño.

Y así, el montaraz le fue enseñando a usar ambas espadas a la vez. Hasta que de un día a otro, Fidel desapareció de la fas de la tierra. Y Loghain quedó al merced del aburrimiento.

Cada día fue mejorando sus habilidades para acercarse a la gente sin ser notado. Era hora de cambiar de vida y de un día a otro, siguiendo el ejemplo de su hermano montaraz, se fue de su casa, despidiéndose de su familia, colgando el petate y dejando libres sus pies, que los llevaron por el bosque a lugares que indirectamente él buscaba.

 

 

De mucho se habla sobre Floran. Pocos se atreven a ir por las especulaciones de la gente, los que lo hacen, suelen no volver. Se teme lo peor. Montado en Ailén, su caballo, decidió emprender una ruta que le cambiaría su vida. Él pensaba, que los peligros que ya había corrido en otros bosques no serían menores a los que habría en ruta al pueblo. Conmovido por sus agallas, emprendió la ida hacia tan temeroso pueblo.

Llenó sus morrales de comida, de antídotos, de plantas medicinales y demás objetos naturales que le servirían para su travesía. Sin embargo, lo que más llenó en sí fue coraje: Cada minuto que pasaba, Loghain sentía más miedo aunque a la vez, más curiosidad y deseo de emprender su ruta hacia lo desconocido.

A la madrugada de un viernes, emprendiendo su camino por la salida suroeste de la gran Dion, Loghain se arrimó ya montando en su caballo a la oreja de éste. Sin más, pronunció una palabra en un muerto lenguaje que algún día discutió con su antiguo mentor. Bahya, y el caballo sin necesitar de más, empezó a galopar con su mirada firme hacia adelante.

Cada vez el camino se vuelve más estrecho. Lo que por unos minutos a caballo fue un camino digno de ser la salida de una ciudad, se transformó en una trocha que casi ni se ve. Los pocos pasos que allí quedan tatuados no son constantes y por ello no parece haber nisiquiera un sendero. A pesar de esto, Ailén percibía con facilidad las anomalías que el suelo tenía y lo seguía sin mediar palabra. Sin duda Loghain se veía muy afortunado por tener un caballo adiestrado para los trabajos en las montañas, las selvas y los hábitats inhóspitos.

No pasó más de una hora cuando empezó a ser víctima de un agotamiento extraño. Los zumbidos de los moscos eran pesados y se quedaban retintinando por largos segundos. Y no sólo ésto era lo difícil del camino, sino la inseguridad de unos grandes y amenazantes ojos que no paraban de ver a Loghain. Sus instintos agudos no lo dejaban respirar al advertirle del peligro.

Fue entonces cuando recordó las historias sobre Floran, las voces de los ancianos iban y venían por toda su cabeza. Empezó a divisar calaveras a cada lado del sendero; muchas para pensar que seguía en tierra firme. Alucinaba y ahora su suerte decantaba sobre el lomo de su caballo.

Para él pasaron muchas horas, quizás días. Cada galope lo atormentaba. El ambiente era difícil de respirar, faltaba el aire. Los árboles cada vez eran más cerrados y el camino parecía ser desviado por éstos. Cuando logró recuperarse de ese fatal adormecedor, era demasiado tarde.

En los cuatro lados de Ailén cuatro bestias que carecían de piernas y flotaban por una onda que se desplomaba en el piso se encontraban mirando al jinete. Loghain despertó como si hubiera sido la palma de su padre en su cabeza y mucho antes de lograr conciencia ya tenía ambas manos en su espalda, exactamente en cada mango de sus dos espadas. Las desenfundó con rapidez al mismo tiempo que baja por un costado de su caballo. Ailén respiraba hondo y no tenía para donde ir, tenía por seguro que o ayudaba a su amo o era asesinado. Él preferiría ser asesinado, a que asesinen a Loghain. Por ello mismo, se colocó en guardia y con un relincho le hizo caer en cuenta a su amo de lo cerca que uno de los gigantescos ojos estaba a él. Sin más, Loghain comenzó a dar vueltas, una tras otra con las espadas y el ojo que no tenía mucha agilidad cayó al piso tras una cortada descendente de una de las espadas de Loghain.

Uno menos, quedaban tres. El joven ya había advertido que el ataque que estas bestias lanzaban era adormecedor, que los aventureros caían en un sueño profundo y allí lo acababan. Fue entonces cuando agradeció a sus Dioses el tener un caballo tan increíble. El siguiente paso de reconocimiento fue cuando se encontró con un fuerte dolor en su rodilla derecha, como si una fogata ardiente dejara que su humo hirviendo escoltara su parte del cuerpo. Entonces con un movimiento bastante inteligente, salió corriendo a su caballo, apoyó su pierna izquierda en el estribo y saltó a una altura bastante prometedora hacia otro de las bestias. La bestia, bastante asustada no pudo hacer otra cosa que ser atravesada por ambas espadas en toda la pupila en la que consistía su cuerpo. Murió una más y sin dar tiempo a Loghain para pensarlo, atrás ya tenía otra que le quemaba la espalda. El dolor era incesante y lo había dejado inmovilizado. Al creer que no había escapatoria, oyó un relincho y por último un seco golpe de dos cascos en la bestia. Los cascos eran del caballo y en ese momento el ojo flotatorio quedó en el piso herido y fue finiquitado con un nuevo pisotón de Ailén.

Loghain al ver la escena sonrió y se dio media vuelta esperando acabar con el último adversario, sin embargo, éste se retiraba a una velocidad incontrolada y ayudó para que el joven aventurero se quedara un rato más con una satisfactoria sonrisa.

Volvió a su caballo y a trote lento lo hizo seguir el sendero. Ya estaba listo para una nueva sesión de aventura cuando una nueva magia experimentó: El pétalo de las rosas rosaban su cara, las manos de una especie perfecta acariciaba su pecho y sus piernas eran limpiadas lentamente por el frescor de un lago. Fue tan difícil impedir estar en ese estado de clímax que quedó inmovilizado un rato más hasta que supo lo que ocurría: Había llegado a Floran.

Jamás ningún hechicero de la Torre de Marfil podrá entender lo que este joven sintió. Un calor matutino, unos rayos de sol que no molestaban la vista, los olores de todas las rosas en una: La tranquilidad de un pueblo que no ha sido consumido por la necesidad de espacio.

Entonces lo entendió: Los aventureros o morían en el viaje, o no volvían desde tan maravilloso lugar, armónico como las cuerdas de un violín y tan deseado como la piedra más preciosa del continente.

Y así fue. Logró notar Dioneses allí: Muy pocos a decir verdad. Niños con una cara desfigurada por la sonrisa que siempre llevaban. Campesinos que con siembras daban a vasto el hambre de todo el pequeño pueblo y mujeres tejiendo y contando historias de los pocos aventureros que llegaban al lugar. Paz es una palabra imposible en épocas como las actuales, pero si algo juró sin pensar Loghain, fue que con su vida protegería aquel lugar de almas tan maliciosas como las que en tiempos de guerra hay.

 

 

Y justamente en una salida de Dion, un intrépido elfo se alzaba frente a la cantidad de personas que lo insultaba por una especie de robo a manos de magia negra. Loghain en una esquina de la ciudad, reposando en el tronco del árbol miraba lo sucedido y sin más rió. Tras eso llevó sus manos al tronco y se impulsó, parándose sin problemas y empezando a caminar al lugar.

A unos pasos nada más, vio un somnoliento hombre robusto que se dirigía al elfo, seguramente a golpearlo. Sin saber por qué, se abalanzó al ebrio y lo empujó con todas sus fuerzas. Quizás no fue la mejor opción, porque si bien Loghain difunde temor por su altura, su delgadez lo acabaría frente a un robusto hombre ebrio. Sin embargo en esta acción el hombre temió por su vida y la demás gente a ver el aire tan áspero que se vivía, decidió alejarse lentamente.

Buscar problemas en Dion es fácil —dijo— ¿Por qué no intentas sobrevivir sin meterte en problemas?— El tono con que Loghain lo decía era ciertamente molesto, pero el elfo al parecer no pensaba en eso.

Veo que eres alto, humano. Aunque estoy seguro que tu altura no sería mayor problema frente a un tipo como esos. Seguramente eres bastante valiente.

—Soy Loghain, hijo de Merander. Hijo del pacto de Ivory y actualmente resido aquí, en Dion. Los elfos no suelen vivir en nuestras ciudades; Son muy sucias para ellos.

Venía de paso. Y yo soy Thungur, descendiente de Dashleir.

Luego de una conversación, Thungur le mostró un cristal brillante a Loghain, el cual justificaba había encontrado en uno de los bosques que suele recoger. Loghain, ya habiendo pensado todo el plan sobre lo que podría hacer con el cristal lo tomó decidido y le dijo a su compañero que le siguiera. En el mercado Dionés, habló con un mercader que por la mismísima pinta parecía ser novato. Entonces logrando divisar con rapidez los defectos físicos del mercader, empezó su retahíla.

Estos cristales los mueles con fuerza y lo que quede te los pasas por la cabeza. Las moléculas de este cristal rejuvenece el cabello y te lo hace crecer como si tuvieras veinte años menos, ¡imagínatelo!

Entonces, por el acento del encapuchado el mercader no pensó que todo era una farsa. Loghain le pasó el cristal y el hombre lo tomó con la mano y lo guardó en su bolsillo. Tras eso miró hacia atrás a ver a Thungur, sin embargo él estaba un poco distraído leyendo en voz alta algo escrito en un libro que llevaba. El humano pidió mil adenas y el mercader se los pasó con rapidez. Tras eso, volvió a ver atrás para mirar si su amigo había terminado, fue entonces cuando logró notar el cristal que le acababa de pasar al mercader en la mano de su compañero. Y en ese momento salieron a paso largo hacia el establo. Loghain le habló de un lugar increíble al que sólo se podía llegar en sueños y el elfo decidió pensar en lo que éste decía y aceptar ir con él hacia allí. Loghain le acarició el lomo a Ailén, el caballo que nunca ata de las riendas, tras eso lo dirigió a la salida suroeste de la ciudad y ambos hombres emprendieron el camino.

No fue tan agotador como la primera vez, pues ambas personas no se conocían y por tanto el sueño era fácil de evitar. Fue casi una media hora hasta que llegaron: Floran.

Ambas personas sentían el mismo éxtasis psicodélico que rodea la ciudad. Esa tranquilidad y paz que sólo se vivía en Floran era inevitable de evitar. Estuvieron bastante tiempo sin hablar, tras eso, Loghain rompió el silencio.

¿Qué te parece?

Si quisiera vivir establemente en algún lugar, sería aquí.

Y desde ese momento, ambos compañeros tienen como punto de referencia el pueblo de la tranquilidad para sus encuentros.

 

 

Llegó a Giran por los rumores que iban y venían por los bosques tanto Dioneses como del pacto de Ivory. Algunos hablaban de un golpe que darían los insurgentes, otros sobre una emboscada de la alianza oscura a la ciudad en plena ceremonia. En todo caso lo único que Loghain sabía es que debía estar allí. Por eso mismoBahya le susurró al oído de Ailén y el animal comenzó a galopar a una buena velocidad por los senderos más olvidados de los bosques del continente.

Luego de un viaje lleno de pensamientos, llegó por la puerta este a la gran ciudad de Giran y lo primero que vio fue un gran grupo de marineros, por lo que era obvio que allí estaría Marcos, el compañero que hace unas semanas había conocido. Bajó la cabeza y le pidió a su caballo que caminara lento por entre la multitud. De ese modo, Loghain pasaba inadvertido, pues su capucha le ocultaba la totalidad de su cara y parecía un vagabundo más con caballo. Marcos, su compañero, ya sabía de las tendencias que el jinete solía tener dentro de una ciudad y lo reconoció.. Y le saludó.

Sabía que vendrías, hijo de Merander. Justamente pensaba si llegarías tarde o a buenas horas.

No suelo llegar ni tarde ni temprano, marinero. Suelo llegar a las horas en las que me necesitan— y le sonrió.— Supongo que tu líder te necesit..— Marcos le interrumpió.

¡Por supuesto que me necesita! Venga, sígueme.

Y así Loghain siguió a Marcos, quien iba junto con otro marinero. Ya en la puerta del lugar donde estaba alojado Leof, ambas personas entraron, no sin antes indicarle al jinete que los esperara afuera.

Loghain llevó a su caballo a una esquina donde nadie le pondría mayor atención, aunque no dejaba de ver a una persona que estaba en mitad de la vía, parado. Le llamó la curiosidad y andó a caballo hacia aquella persona, a quien le llamó la atención. Él aseguraba ser el padrino de la boda y se veía nervioso por la celebración. Loghain decidió no molestar más.

Pasaron los minutos y primero salieron los dos marineros, ambos con excelentes trajes. El jinete no llevaba más que una larguísima capa verde con marrón y una armadura embadurnada de marrón oscuro, como si de un camuflaje se tratara. Los siguió hasta el centro de la gran ciudad y se dirigió a un hombre que tenía unos caballos. Le pidió que le dejara tener a Ailén allí y el hombre sin más accedió. Tras eso, Loghain se apresuró a donde ambos conocidos y en la puerta de la iglesia hicieron presencia.

Entonces las campanas sonaron. La ceremonia iba a empezar. Leof llevaba en su brazo a una mujer, obviamente la madrina de la boda. Marcos advirtió a ambas personas que apenas pasara su líder, los tres lo seguirían en señal de respeto, y así fue. Las tres personas siguieron al esposo hasta el altar y ya cerca a éste, tomaron asiento. Fue el momento de todos los invitados y entraron. El pueblo era vigilado y debían sentarse en lo más atrás de la catedral.

Al término de cierto tiempo, la elfa llegó al lugar junto con el padrino y sí: Era la persona que anteriormente Loghain vio. La ceremonia entonces empezó y todo se volvió aburridor.

Aunque la madre de Loghain nacida en Aden fuera una mujer devota hacia los Dioses, el padre, de Oren era todo lo contrario y muchas veces, el hijo toma el ejemplo del padre, por lo que la ceremonia como tal le pareció totalmente aburridora. El tiempo pasaba lento y el sueño se hacía presente aunque nada que el joven no pudiera soportar. Entonces se entregaron los anillos y se besaron. Loghain dando por terminada la ceremonia, se levantó de su silla y con el sigilo que tanto le ha costado ir mejorando, se retiró de la catedral.

Escrito desde el 22 de Octubre de 2011 hasta el 20 de Noviembre de 2011.
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