Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Rispetto e lealtá – Filippo Gambino.

Hablo de los años ’30’s, cuando la solemnidad humana en ese tiempo rebasaba el hecho de ir informal, en donde el pobre llevaría su gorro roto, sus tirantes, su camisa de seda y su chaleco del mismo color del Smoking. En donde los niños llevaban en los confines de su cabeza las boinas de cuero que tanto estaban a la moda.
— ¡Martino, ven y juegas con nosotros!
— Hoy no, hoy no chicos, hay trabajo que hacer.. deberían revisar los bolsillos de papá y mamá y el plato en donde les servirán la comida, les aseguró que estará vacío. — aseguró Martino Gambino, mientras llevaba en el costado izquierdo de su ancha espalda una escopeta de bajo calibre y las recargas de esta misma en un bolsillo del chaleco café con negro.
Subió a su caballo, un caballo no muy grande, aunque en él se veía la humildad con la que era tratado; sus cabellos lisos y bastante pulcros, su tez marrón reluciente y sus ojos del mismo color con los que miraba con solemne seriedad.
Martino cabalgó por unos cinco minutos hasta llegar a la fachada en la que vivía su novia, Mónica, en donde lo esperaban siete hombres con escopetas similares y en caballos. Cabalgaron a mucha velocidad, ese día estaban eufóricos, felices del bien común, portando todos la boina que hacía resaltar sus ojos, hasta llegar a un gran territorio envallado en donde facilmente se podían detallar más de sesenta vacas bastante corpulentas. Sin pensarlo mucho, Martino y los otros siete compatriotas bajaron de sus respectivos caballos y saltaron la valla, y antes de que Ambrossio enlutace la vida de un animal, llegaron más de trece hombres con camisas de seda arremangadas hasta un poco más abajo de su hombro.
— ¡Martino, qué suerte verte de nuevo por aquí, pensé que no volverías a venir a robarle el ganado a mi padre!
— No jodas, nuestras familias pasan hambre, no veré a mis hermanos sufir por no ser nutridos.
— ¡¿Por qué hoy no te alzas a golpearnos como la otra vez, eh?
— Porque hoy no tengo ganas.
— Vamos, hoy sin armas.. —mientras levantaba sus brazos en signo de protesta—, ¡¿no tienes agallas, bastardo?!
Martino fue el primero en tirar su escopeta al piso, subirse las mangas y correr hacia los demás hombres y, sus amigos sin quedarse atrás, lo siguieron a toda velocidad, no había vuelta atrás, los habían pillado de nuevo robando el ganado a la familia Ciuffo y esta vez era grave.
Martino se destacaba por su altitud y el grosor de su espalda, a muchos le daba miedo meterse con él, sus puños de acero y su versatilidad de pelea hablando, lo hacian una persona conocida y respetada, demostrándolo contra Rocco Ciuffo, primogénito del dueño de esas tierras, a quien mató con un golpe al mentón y este, por sus cadenas nerviosas, acabó destruyéndole el cerebro y por ende, matándolo.
Cuando todo se despejó, Martino y sus amigos corrieron saltando la valla, subiendo a sus caballos, y cabalgando a una velocidad implacable: habían matado a alguien por una riña con el otro bando.

 

 

— ¡Martino, por aquí, rápido!— exclamó Ambrossio cuando corría para perder a Bringamo Carussi, humilde trabajador de Carlo, el padre del difunto Rocco. Se metió en una casa cuya puerta era de madera, y cuando entró rapidamente Ambrossio cerró la puerta y justo al momendo oyó los murmuros del caballo que lo perseguía alejarse hacia una oscuridad sinfin.
— Maldita sea, Ambrossio, ¿en qué nos metimos? — aseguró Martino luego de secarse con la manga de su camisa el sudor que le había provocado la persecución. — Ya va más de una semana en que si me asomo por algún lugar me siguen los guardaespaldas de Ciuffo.
— ¡Martino, mi amor, estás bien! — exclamó casi gritando Mónica, hasta que la calló un solemne beso hacia esa chica angustiada pero excitada por la aparición de Martino.
— Estoy bien, nada que encuentro a mi padre, creo que lo secuestraron. Ambrossio, alista los caballos y las escopetas, llama a los chicos, vamos hacia la residencia. — tiritó Martino mientras miraba con seriedad a Massimo.
—¿Serás idiota? la familia Ciuffo tiene más gente que el mismo papa, por Dios, sería un suicidio.— afirmó Ambrossio.
— Te digo que iremos, joder, no seas necio.

Los dos salieron a toda velocidad con los caballos y las escopetas, casa por casa iban llamando a sus comaradas, y ellos, con los tirantes en la mano los seguían al paso, tambaleantes muchachos que buscaban la soberanía, la simple libertad, la cual acudían a un rumbo desenfrenado. Iban por el camino cuando se encontraron el grupo de muchachos unas cuatro personas con pantalones azules oscuro y camisas de seda blancas, era obvio, eran de Ciuffo. Los cuatro hombres comenzaron a correr, irían a decirles a los demás que se prepararan, así que rapidamente Martino volteó el arma que llevaba colgada en la espalda y disparó hacia la cabeza del que iba más atrás, no fue un tiro en vano, el hombre cayó al piso. Así fueron los demás y por la velocidad de los caballos lograron asesinar a cada uno de los cuatro hombres.

Al llegar a la verja de la residencia Ciuffo, se bajaron de los caballos unos doscientos metros atrás y todos agarraron sus escopetas con fuerza, comenzaron a caminar por el cálido suelo de Manzzanno, hasta llegar cerca de la entrada, donde comenzaron los tiros de un lado a otro, rapidamente alarmaron a los transeuntes y éstos mismos salieron a correr. Los guardias que cuidaban la entradaya estaban caidos, y los muchachos lograron entrar por la puerta que prosedía al jardín de la mansión, todos corrían a un paso extravagante y siguieron los tiros, muchos caían del clan de Gambino, igualmente muchos guardias cayeron por la sorpresa que les habían pegado los chicos. Al cabo de un tiempo, entraron por la puerta trasera de la casa, quedaba poco, pensaba Martino, seguía desenfundando las balas de plomo y seguía disparando, no había vuelta atrás, fulminaba a cualquier cosa que se moviera, ahora mismo se recostaba en un pilar de la casa, salía para disparar hacia un blanco que ya hubiese visto, y cuando lo lograba, dada el visto bueno a los demás hombres y todos salían corriendo detrás de él.

Subieron al segundo piso, no quedaban más de 15 hombres, hasta que llegaron a una habitación en donde la puerta era muy grande, era obvio que la habitación no era igual a las demás, era algo importante, Martino abrió la puerta y oyó un disparo proveniente de adentro, el disparo fue directo a la parte superior izquierda del pecho de Ambrossio.
—Pensé que durarías menos, Martino— afirmó Carlo Ciuffo, ese gordo con unas tirantas gruesas de cuero marrón. — como pensé que no ibas a venir jugué un poco con tu padre— fanfarroneó.
— Ciuffo, no vengo por mi padre, ¡vengo por tu muerte! — afirmó Martino, quien en ese momento subió la escopeta y apuntó al techo. — Sufrirás por tus estúpidas acciones, tal cual como maté a ese imbécil de tu hijo.
Martino, con el sudor que ya estaba en sus cejas y que pronto le taparía los ojos, bajó la escopeta y disparó a Ciuffo, el tiro fue certero, dio en toda la mitad de su pecho, cayó lentamente al piso.
¡Victoria! aseguraban los compañeros de Martino, aunque él no les puso atención, se tiró ante Ambrossio, a quien su propia sangre lo ahogaba, su boca estaba llena de muerte, solamente pudo decir entre sollozos unas palabras.
— Cuidaa d.. de mi hermana, por favore, por favore.
El silencio se prolongó y la cabeza de Ambrossio cayó tendida en la mano de Martino, quien no pudo disimular las lágrimas que en ese momento expulsaba.
— Requiescat in Pace, Ambrossio.

 

 

Todo ocurrió como Martino se lo imaginaba, tras la muerte de Ciuffo mucha gente estuvo de lado de Gambino, quien vivía en esa mansión arquitectónicamente deslumbrante, pues Camussi, trabajador de Ciuffo, lo tomó como su nuevo Don y le ayudó a que los trámites fuesen cedidos hacia él. Bien como le dijo a su amigo, Ambrossio, se casó con Mónica y le dio mucha, mucha libertad. Su matrimonio era la noticia más importante de Mazzanno y, como bien se lo imaginarán, todo el pueblo esperaba el digno momento de ese beso que uniría de por vida y sacramentalmente la vida de Mónica y Martino.
—Dime, Mónica, ¿ésta no es la vida que nos merecemos?— la miraba de lado, los dos estaban desnudos y los espléndidos senos de Mónica posaban en el pecho de Martino.
—Oh, sí mi amor, digna vida, sacro ricordo— aseguró Mónica para luego sensualmente besar a su nuevo esposo.

El tiempo pasó, marcaba dicha y bienestar entre un ambiente maternal, pues sí, Mónica quedó embarazada, en su vientre esperaba anciosamente una luz de esperanza y prosperidad, hermoso milagro que el mundo ha dejado, santa condena, bienaventurada sea, Filippo Gambino.
—¡Puje más duro, jamás saldrá si no hay ayuda de su parte!— gritaba Dona Maria, empleada de la casa. En ese entonces Mónica gritaba sin cesar, todos sabemos que un parto no es muy suave y menos cuando no tenemos implementos.
—¡Don Martino, Dona Mónica, e un bambino!— gritó Dona María, desde ahí, todo cambiaría.

 

Escrito desde el 11 de Octubre de 2010 hasta el 14 de Noviembre de 2010.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: