Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Archivos mensuales: julio 2012

Verdes Primaveras en un Caño Maloliente

Verdes Primaveras en un Caño Maloliente

 

Su forma de hablar conmovió al espectáculo. Los aplausos, el asentir de las personas, la bulla de gente alagando a aquella chica se escuchaban en todo el vecindario. Aunque muchos estaban solos, se les veía con la sonrisa de lado a lado. Hasta una viejita con el carrito de helados estaba secándose las lágrimas. Más que la felicidad de todas las personas presentes, la de los padres, sin duda, era la chispa que encendía todas las otras velas. Estaban conmovidos, secándose las lágrimas y reluciendo con orgullo lo que ser padre de esa niña era para ellos.

Y entonces lloré, pero no por lo ya descrito, sino fue en el momento de volver la mirada a la muchacha elogiada. Esa niña que hace cuatro meses lucha con el cáncer sonreía y el sol le sonreía a ella. El caluroso atardecer Bogotano agradecía las alegóricas palabras de una verdadera luchadora en un mundo de caos. La simpleza de su sonrisa deleitó las cincuenta personas, más o menos, que la escuchaban. Y ahí fue cuando no pude contener más las lágrimas, cuando mis pensamientos se fueron abajo, cuando me sentí débil e inherente a la difícil vida.

La sencillez de la felicidad radica en nuestro entorno. Ser feliz no es difícil; es más: a veces nos cansamos de ser felices y buscamos el antivalor –mal llamado- como sustento más de nuestra vida. También la tristeza, el rencor, el odio, etc., son valores que nos enriquecen, que nos hacen más humanos. El problema es cuando nos es más fácil encontrar estos últimos a la felicidad. Es hora de ser felices, y en cuanto a ella, redefinir nuestra vida y partir del hecho de que estamos en un mundo sosegado por la maldad y la ira para construir nuestro futuro. La muerte nos da toda una vida de ventaja para alcanzarnos: No le temamos a ella, sólo es el competidor de al lado. Vivamos felices, sí, pero también vivamos conformes a lo que somos. Sólo el día de partir recordaremos las verdes primaveras, los veranos amarillos y los inviernos sin nieve. Sólo ese día conoceremos nuestro sexto sentido: El de aprender a vivir.

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Experiencia al Mar

Experiencia al Mar

—“Ya se acaba mi cuarta y última primavera. Alisto mis chiros y la poca fuerza que he estado reservando para conducir a mis hijos, por última vez, a las inglesas y jugosas Islas Malvinas. Da cierta nostalgia dejar el nido en el que hemos vivido un año, espero que no lo dañen hasta nuestro regreso. Mi mujer se ve también un poco triste, ella ha envejecido tanto como yo, pero nuestros hijos aún tienen vida por delante. Sus alas son más fuertes que una golondrina cualquiera y ¡ay! si les ponen un buen grillo al frente. Usan fuerzas sobrenaturales en sus garras para atrapar la comida.

De una forma u otra, me siento feliz de ver que mi descendencia ha triunfado. Nostalgia también me da dejar este mundo de sombras, pero lo contrarresto con saber que el nombre de mi familia estará para siempre en alto.

Las golondrinas chismosas de los árboles cercanos no dejan de hablar de mí: “¡Huuuy, como está de viejo ese señor golondrina! En su cara hay menos expresión que una roca”, o “¿ya vio al señor golondrina? ¡Yo de su mujer ya lo hubiera dejado!”. Y me hace sentir bien, porque todas esas otras familias tienen celos de que yo, un viejo tan carcomido por el tiempo, sea feliz aún como anciano.

Esos recuerdos cuando las golondrinas me miraban por mis diecisiete centímetros de largo, o por mis fuertes alas… Cómo pasa el tiempo, cementé una familia en tres años. Pero de todos modos ser cucho no está tan mal: los niños de la parcela me preguntan sobre la vida, y aunque no soy el mejor trovador de la historia, los entretengo entre chanza y cuento, y si es que no me miento, los divierto en agradecimiento.

Pero ya es hora de partir. La vida ha sido buena conmigo y ahora debo dejarla ir. Mi cuerpo no aguanta el peso del viento, mi cara está arrugada y mis ojos no ven lo mismo. Cazar se torna difícil, y hasta creo que le doy pena a mi mujer cuando intento agarrar un mosquito travieso. Mi último vuelo será llevarlos a la casa de mi primo tercero en las Islas Malvinas, quien los recibirá con amor y los distraerá mientras me conduzco a las puertas del Nirvana.

“¡Mi gorrionsito turrón de azúcar! Es hora de partir, dentro de unas horas comenzará a llover” escuché de mi mujer. Entre nostalgia levanté la cabeza y le mostré una sonrisa. Ella me la devolvió, así que supongo que la contentó mi falsa sonrisa. Di un salto hacia la rama donde ya estaban a punto de arrancar; me armé de fuerza y emprendí primero el viaje, mi familia me siguió en formación triángulo y el viento acariciaba mi lastimado pico mientras ascendíamos rápidamente, para que el viento no nos golpeara tan fuerte durante el viaje.

Seguramente haz probado del exquisito sol de primavera. Bueno, éste que hacía, sin temor a especular nada, era el mejor sol que había sentido en mi vida. Calentaba mis alas (no las quemaba como en verano) y esa energía traspasaba a lo más interno de mi corazón. Pasando por Colombia, imagino –pues el olor que llegaba a mi nariz era de amor y felicidad- recuerdo que no pude contener las lágrimas de mis ojos,  así que descendí un metro y solté mis lágrimas, para que mi familia no las viera. Volví a ascender y seguimos el camino.

Ya el sol se había tornado más fuerte; habíamos entrado ya al territorio que gozaba de verano. En la bella Argentina escuché el tango entrar por mis oídos y un amanecer rojo, revolucionario, que inspiraba mis ojos y mi cuerpo a lograr mi cometido. A cuatro días de haber empezado el verano, llegamos a la finca de mi primo.

A mi familia le obsequió exquisitos platos, especialmente a uno de mis hijos, a quien le regaló un grillo grisáceo que le hizo salivar demasiado rápido la boca.

Mientras tanto, me enseñó el camino a las puertas del fin. Esa vaina me dio muy duro, pero miré atrás y estaban mis seres queridos, felices, comiendo del plato que les conseguí. Volví a llorar, pero esta vez solté las lágrimas sin miedo y levanté vuelo. Entre las aguas donde los guerreros descansan, donde la sangre se tiñe para que los niños jueguen, donde la dignidad, más allá de una palabra textual se vuelve ideal, deja de interesar. Allí, dejé de mover mis alas, y entre los gritos de las olas y el llanto del cielo mi corazón dejó de arder para volverse, al fin y al cabo, el recuerdo de un pequeño grupo de personas que siempre tendrán en cuenta en su cabeza a esta pequeña golondrina con la felicidad de vivir una vida al margen de mis deseos.

Un día más tarde, descansando en una de las nubes más espumosas que sentía hasta el momento, veía como un águila calva despedazaba, uno por uno, a los miembros de mi familia.

Volar es Vivir

Volar es Vivir

 

En verano, en una noche mansa y desprolija, me encontré con un ave recién nacida. Apenas dirigía sus primeros cantos al alba. Sus ojos eran tontos, pero intentaban ver todo; parecía comiéndose todo lo que veía a su paso.

Sus padres, como cualquier otros, cuidaron de aquella ave como un tesoro, más aún por ser la primogénita. Siempre el mejor bocado iba a su boca y el calor que cada uno irradiaba se dirigía al compacto cuerpo de ella. Me gustaba verla, había algo en aquel pichón que otros no tenían; en sus ojos se veían más ganas de vivir que las de cualquier otra ave.

Como era de esperarse, aprendió a hablar. Sus padres estaban orgullosos de aquel logro y seguramente ella también estaba feliz de poder comunicarse con los demás. En sus diálogos se obviaba su inteligencia. Hablaba con serenidad, entusiasmo, felicidad, ganas… Era impresionante su nivel a la hora de comunicarse con las demás aves. Pero algo sucedía, y es que pasó un poco más del tiempo normal y aquella ave no podía volar.

Lentamente, aunque ella no quisiera aceptarlo, su tono al hablar decaía, el entusiasmo que alguna vez tuvo ahora eran desesperados susurros de tristeza y sus ganas de vivir, cada día, decaían más y más. En algún momento debería car en la realidad: sus alas nacieron deformadas  y volar para aquella ave no era una opción.

Hablando con ella, me preguntó que si yo tenía sueños, y por supuesto, le conté más o menos los deseos que tenía para mi vida. Tener un marido prometedor, una prole sana, un lindo nido… Lo normal. Cuando terminé de suspirar pensando en mi futuro, le pregunté cuáles eran sus sueños. Me miró naturalmente, y haciéndome entender que ya lo había pensado una y otra vez, me dijo con fuerte tono: “Quisiera volar tan rápido como el viento”. Fue extraño para mí escuchar eso, ¿no podía ni volar y ya quería volar sobrenaturalmente? Le avisé que era imposible ir a la velocidad del viento, y que además para ella era imposible volar. Miró al firmamento, suspiró y asintió y de un repentino momento a otro, salió corriendo de forma desmedida a un costado del nido. Saltó con fuerza y se tiró de clavada hacia el piso. Horrorizada empecé a gritar, aunque sin dejar de ver aquella criatura. Efectivamente, la velocidad que llegó a tomar era increíble, creo yo que alcanzó la velocidad del viento.  Todo fue magia hasta que cayó al piso. Su cuerpo quedó destrozado, su cabeza fracturada y todos sus órganos descansaban revoloteados en el piso, esperando ser comida de carroña.

Fue espantoso cuando los padres de aquella ave llegaron. Como era de esperarse, todos creyeron que yo empujé a la joven del nido y me inculparon de su muerte. Luego de intentar hacerlos entrar en razón, de sus bocas soltaron la comida que fielmente traían a su hijo y con esos mismos picos empezaron a picar mis alas a tal punto de destrozarlas por completo.

¿Mi sueño? Quisiera volar muchísimo, pero muchísimo más rápido que el viento. Aunque sé que no lo lograré: mis ganas de vivir no son tan grandes como las de aquel pichón.

Muerte Inesperada de Cupido

Me cago en el grandísimo amor.

Muerte Inesperada de Cupido

 

Así que sentado en una roca, pensando en aquella que momentos atrás fusiló mi alma y penetró mi corazón, decidí recordar los momentos buenos que pasé con ella, y he de aceptar que son muchísimo más difíciles de recordar que los malos momentos, y no precisamente porque hayan sido más, sino porque siempre habrá una tendencia de nosotros, los humanos, de recordar siempre lo malo. Y técnicamente eso es lo que nos hace personas: Porque un humano que piense en el bien no es humano.

Todo empezó cuando me enamoré de ella. Sí, sí, me enamoré de ella, y siento que fue un error, porque aún no tenía esa macabra idea de que ser sincero e inocente en el amor era un arma de doble filo. Anteriormente no había buscado mucho de amor, supongo que no era una realidad aún en mi vida, así que todas esas frases de amor se me hacían tan estúpidas… Quizás lo son, quizás todos los que en algún momento pensamos en ellas somos estúpidos. Quizás la palabra amor tenga “dolor” en letras pequeñas, y como un vil perro burgués nos hayan estafado.

Claro, todo lo que comienza debe terminar, lo entiendo, pero si va a terminar con mi corazón primero, le pediré a Luzbel que en su macabra alma entierre su sufrimiento en mi cuerpo, pero que deje tranquilo mi corazón.

Caminar se torna difícil, las ciénagas del más allá de mis ojos son nubosas. El solemne grito del batallador herido se escucha en cada rincón de mi cerebro, aparte tiene mala acústica. Comienzo a recordar una canción y ésta se apodera de mis movimientos. Comienzo a reír, el dolor me hace reír, me sonrío a mí mismo y me digo: ¡Qué más da! No es lo que siento: Alguien está haciendo eso por mí. Ahora escucho alas, pueden ser abejas, pueden ser avispas… Puede ser…

Parecía un cerdo volando, sin embargo su cara era hermosa. En su mano izquierda llevaba una flecha y en ésta descansaba sangre. En su derecha llevaba un arco, aunque una persona que no conociera mucho de música diría que era un arpa. Se reía de mí, Cupido estaba cagado de la risa al ver mi sufrimiento por la flecha que me había enterrado. Volví a reírme y me sentí desquiciado. Le seguí la risa y me le acerqué lentamente. Cuando estuve cerca de él, tiré mi brazo a su pierna y al piso con todas mis fuerzas lo mandé. Cayó de espalda y escuché el ruido de las alas fracturarse.

Volví a reír, y la canción se apoderó de nuevo de mi cuerpo. Le escupí en toda la cara y le di un patadón. Él dejó de reir. Sin remedio, tomé la flecha que aún conservaba mi sangre y lo degollé de costado a costado. Acerqué mi cara a la de él. Volví a sonreir. Y recuerdo lo único que le dije, mirando cómo se ahogaba con su propia sangre:

Podrá estar mi corazón herido, pero nisiquiera todo el dolor que me hagas sufrir hará que me olvide de ella. Bastardo.