Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Muerte Inesperada de Cupido

Me cago en el grandísimo amor.

Muerte Inesperada de Cupido

 

Así que sentado en una roca, pensando en aquella que momentos atrás fusiló mi alma y penetró mi corazón, decidí recordar los momentos buenos que pasé con ella, y he de aceptar que son muchísimo más difíciles de recordar que los malos momentos, y no precisamente porque hayan sido más, sino porque siempre habrá una tendencia de nosotros, los humanos, de recordar siempre lo malo. Y técnicamente eso es lo que nos hace personas: Porque un humano que piense en el bien no es humano.

Todo empezó cuando me enamoré de ella. Sí, sí, me enamoré de ella, y siento que fue un error, porque aún no tenía esa macabra idea de que ser sincero e inocente en el amor era un arma de doble filo. Anteriormente no había buscado mucho de amor, supongo que no era una realidad aún en mi vida, así que todas esas frases de amor se me hacían tan estúpidas… Quizás lo son, quizás todos los que en algún momento pensamos en ellas somos estúpidos. Quizás la palabra amor tenga “dolor” en letras pequeñas, y como un vil perro burgués nos hayan estafado.

Claro, todo lo que comienza debe terminar, lo entiendo, pero si va a terminar con mi corazón primero, le pediré a Luzbel que en su macabra alma entierre su sufrimiento en mi cuerpo, pero que deje tranquilo mi corazón.

Caminar se torna difícil, las ciénagas del más allá de mis ojos son nubosas. El solemne grito del batallador herido se escucha en cada rincón de mi cerebro, aparte tiene mala acústica. Comienzo a recordar una canción y ésta se apodera de mis movimientos. Comienzo a reír, el dolor me hace reír, me sonrío a mí mismo y me digo: ¡Qué más da! No es lo que siento: Alguien está haciendo eso por mí. Ahora escucho alas, pueden ser abejas, pueden ser avispas… Puede ser…

Parecía un cerdo volando, sin embargo su cara era hermosa. En su mano izquierda llevaba una flecha y en ésta descansaba sangre. En su derecha llevaba un arco, aunque una persona que no conociera mucho de música diría que era un arpa. Se reía de mí, Cupido estaba cagado de la risa al ver mi sufrimiento por la flecha que me había enterrado. Volví a reírme y me sentí desquiciado. Le seguí la risa y me le acerqué lentamente. Cuando estuve cerca de él, tiré mi brazo a su pierna y al piso con todas mis fuerzas lo mandé. Cayó de espalda y escuché el ruido de las alas fracturarse.

Volví a reír, y la canción se apoderó de nuevo de mi cuerpo. Le escupí en toda la cara y le di un patadón. Él dejó de reir. Sin remedio, tomé la flecha que aún conservaba mi sangre y lo degollé de costado a costado. Acerqué mi cara a la de él. Volví a sonreir. Y recuerdo lo único que le dije, mirando cómo se ahogaba con su propia sangre:

Podrá estar mi corazón herido, pero nisiquiera todo el dolor que me hagas sufrir hará que me olvide de ella. Bastardo. 

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