Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Experiencia al Mar

Experiencia al Mar

—“Ya se acaba mi cuarta y última primavera. Alisto mis chiros y la poca fuerza que he estado reservando para conducir a mis hijos, por última vez, a las inglesas y jugosas Islas Malvinas. Da cierta nostalgia dejar el nido en el que hemos vivido un año, espero que no lo dañen hasta nuestro regreso. Mi mujer se ve también un poco triste, ella ha envejecido tanto como yo, pero nuestros hijos aún tienen vida por delante. Sus alas son más fuertes que una golondrina cualquiera y ¡ay! si les ponen un buen grillo al frente. Usan fuerzas sobrenaturales en sus garras para atrapar la comida.

De una forma u otra, me siento feliz de ver que mi descendencia ha triunfado. Nostalgia también me da dejar este mundo de sombras, pero lo contrarresto con saber que el nombre de mi familia estará para siempre en alto.

Las golondrinas chismosas de los árboles cercanos no dejan de hablar de mí: “¡Huuuy, como está de viejo ese señor golondrina! En su cara hay menos expresión que una roca”, o “¿ya vio al señor golondrina? ¡Yo de su mujer ya lo hubiera dejado!”. Y me hace sentir bien, porque todas esas otras familias tienen celos de que yo, un viejo tan carcomido por el tiempo, sea feliz aún como anciano.

Esos recuerdos cuando las golondrinas me miraban por mis diecisiete centímetros de largo, o por mis fuertes alas… Cómo pasa el tiempo, cementé una familia en tres años. Pero de todos modos ser cucho no está tan mal: los niños de la parcela me preguntan sobre la vida, y aunque no soy el mejor trovador de la historia, los entretengo entre chanza y cuento, y si es que no me miento, los divierto en agradecimiento.

Pero ya es hora de partir. La vida ha sido buena conmigo y ahora debo dejarla ir. Mi cuerpo no aguanta el peso del viento, mi cara está arrugada y mis ojos no ven lo mismo. Cazar se torna difícil, y hasta creo que le doy pena a mi mujer cuando intento agarrar un mosquito travieso. Mi último vuelo será llevarlos a la casa de mi primo tercero en las Islas Malvinas, quien los recibirá con amor y los distraerá mientras me conduzco a las puertas del Nirvana.

“¡Mi gorrionsito turrón de azúcar! Es hora de partir, dentro de unas horas comenzará a llover” escuché de mi mujer. Entre nostalgia levanté la cabeza y le mostré una sonrisa. Ella me la devolvió, así que supongo que la contentó mi falsa sonrisa. Di un salto hacia la rama donde ya estaban a punto de arrancar; me armé de fuerza y emprendí primero el viaje, mi familia me siguió en formación triángulo y el viento acariciaba mi lastimado pico mientras ascendíamos rápidamente, para que el viento no nos golpeara tan fuerte durante el viaje.

Seguramente haz probado del exquisito sol de primavera. Bueno, éste que hacía, sin temor a especular nada, era el mejor sol que había sentido en mi vida. Calentaba mis alas (no las quemaba como en verano) y esa energía traspasaba a lo más interno de mi corazón. Pasando por Colombia, imagino –pues el olor que llegaba a mi nariz era de amor y felicidad- recuerdo que no pude contener las lágrimas de mis ojos,  así que descendí un metro y solté mis lágrimas, para que mi familia no las viera. Volví a ascender y seguimos el camino.

Ya el sol se había tornado más fuerte; habíamos entrado ya al territorio que gozaba de verano. En la bella Argentina escuché el tango entrar por mis oídos y un amanecer rojo, revolucionario, que inspiraba mis ojos y mi cuerpo a lograr mi cometido. A cuatro días de haber empezado el verano, llegamos a la finca de mi primo.

A mi familia le obsequió exquisitos platos, especialmente a uno de mis hijos, a quien le regaló un grillo grisáceo que le hizo salivar demasiado rápido la boca.

Mientras tanto, me enseñó el camino a las puertas del fin. Esa vaina me dio muy duro, pero miré atrás y estaban mis seres queridos, felices, comiendo del plato que les conseguí. Volví a llorar, pero esta vez solté las lágrimas sin miedo y levanté vuelo. Entre las aguas donde los guerreros descansan, donde la sangre se tiñe para que los niños jueguen, donde la dignidad, más allá de una palabra textual se vuelve ideal, deja de interesar. Allí, dejé de mover mis alas, y entre los gritos de las olas y el llanto del cielo mi corazón dejó de arder para volverse, al fin y al cabo, el recuerdo de un pequeño grupo de personas que siempre tendrán en cuenta en su cabeza a esta pequeña golondrina con la felicidad de vivir una vida al margen de mis deseos.

Un día más tarde, descansando en una de las nubes más espumosas que sentía hasta el momento, veía como un águila calva despedazaba, uno por uno, a los miembros de mi familia.

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