Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Archivos mensuales: agosto 2013

Un total de once asesinatos.

Somos jíbaros sin rumbo, sin ganas de vivir. Sin ganas de pensar que estamos viviendo. No puedo creer que hayamos nacido de la nada, porque entonces tampoco tenemos algo como propósito. Los planetas, en su mayoría, no tienen vida, y este, en el que vivimos, tampoco es la excepción. Justamente, la vida acabó con el primer hálito de mierda; con la primera manzana podrida; con la primera gota de sangre derramada.

Yo no hablo de que el mundo está mal, porque eso sería redundante. El mundo es malo, de por sí. Hecho para la supervivencia, para escupir el alma y simplemente parasitar oliendo los placeres de la carne. Cuando una civilización muere, no hay nada más asqueroso que vivir en sus escombros. Adornan las ruinas, porque justamente el falso sentimiento de “bienestar” nace de una impresión estética. Huele a muerte y nos dicen que es perfume.

El ser animal nace agotado. Desde que nace sabe que morirá. Mucho más el de raza humana, que vive de la viveza y muere de la pobreza. Las almas pobres son las que deben morir. Nuestras almas, débiles y sin sentido, deberían volar como golondrinas hasta encontrar su norte. Deberíamos ponerlas a disposición de quienes están aptos para vivir; es más: para quienes quieren vivir, porque en este absurdo de vivir muerto sólo cabe la duda de la mentira. Esta paradoja que me carcome simplemente compensa el cínico sentimiento de felicidad, que vulnera el alma y la alista para ser asesinada.

Asesinos de almas es que necesitamos. La carne puede seguir parasitando, pero que nos den un tiro a todos: un flechazo en el corazón.

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Sombras

Son como sombras: lo siguen de cerca a uno sólamente cuando brilla el sol. ¿Quien se fiaría de una sombra? Si es que sólo la vemos en días soleados, maravillosos. Cuando la soledad de la luna toca el cielo, todas las sombras desaparecen, y uno se siente solo; invadido de dolor y sufrimiento. La firmeza de las piernas se extingue, el cuerpo comienza a temblar ante el miedo de las tinieblas.

No obstante, hay quienes adoptan una actitud valiente y son capaces de ver a la luna en días de esplendor. Son ellos los que luchan en los días radiantes y descansan en el cobijo de la soledad y las tinieblas. Un notorio poder de seguir la vida sin atropellar al otro en el camino, o tropezarse con los obstáculos que la muerte claramente reparte. Darse cuenta que la luna es la única amiga de uno es el mejor paso para sobrevivir en este mundo de lobos, que por el día cazan y por la noche gritan su odio contra la soledad.

Vivir es tiempo perdido. La religión ha monopolizado los imaginarios sociales y los ha corrompido exageradamente: le tememos al infierno, pero no pensamos que seguramente ese es un lugar mejor que en el que estamos ahora mismo. Esperamos el cielo, como todxs en el mundo esperan la quincena para recibir dinero. Nos consideramos “temerosxs de Dios”. ¿Temerosxs de “nuestro padre”? ¿Ese es nuestro Dios, el que al ver que está todo mal manda todo a la mierda con una llovizna de cuarenta noches? Ojalá lloviese para arriba, y ese cielo del que tanta mierda hablan los domingos se inundara junto con todos los racistas, sexistas, homófobos, xenófobos y especistas a los que les dan alojo. Si existe un Dios, tiene que ser muy hijueputa para dejar que nosotros, “sus hijos”, nos pudramos día a día en este mundo sin sentido que descuartiza a la naturaleza para bienes económicos y que, además, caga y mea en el agua que luego ha de tomar.

Estoy convencido de que no hay un animal más parásito que el ser humano. Sólo fue que este se creyera más inteligente que los animales para que arrasara todo lo de los demás: bosques enteros, glaciares, el viento, el mar, la vida digna, la cultura, las expresiones artísticas, la vida, la naturaleza, la justicia, la razón, la no-naturaleza, la misma libertad.

Mátennos a todos. No dejen a ninguno de nosotros, porque estamos corrompidos. Y ni Dios nos salvará.

Esa flor no creció, esa flor no existió

Todo es tan extraño.

Hay muchas cosas difíciles de comprender. Nuestro mundo es limitado y nauseabundo. Aburre; por eso existe la muerte. Nuestra vida se desgasta cada segundo que transcurre, y sin embargo, celebramos un año menos de vida; un cumpleaños. Celebramos los dieciocho años, los cuarenta, los cincuenta y, si el viejo no muere, los cien. Celebramos nuestra ignorancia; por eso existe la tauromaquía, el congreso de la república, el capitalismo, el socialismo, la iglesia, etc. No nos gusta comprender el mundo, porque eso requeriría aceptar ver la putrefacción que nos rodea, la sociedad que destruye nuestra animalidad. Nos vuelve cínicos y nos desangra el alma lentamente. Nos sume.

Entonces creamos las paradojas y las vivimos día tras día, creyéndonoslas hasta que se hacen parte fundamental de nosotros. Yo, personalmente, no creo en la vida, pero estoy viviendo. No creo en el dolor, pero sufro las consecuencias de la existencia. No creo en el amor, pero te amo.

Si existe un dios, este ha de manifestarse en los rayos que caen a la tierra. Estos demuestran valores que nosotros no tenemos y que, por ende, no podemos imaginar. ¿Cómo escribimos las cualidades de un dios, si no las conocemos?

Existir, como siempre he meditado, es una mentira aún más grande que la felicidad. Si conociéramos lo que no existe, entonces podríamos conocer qué sí existe. Pero como tal, inventamos una serie de falsedades para argumentar la vida. Ni siquiera sabemos qué es la muerte. Nosotros, los humanos, somos un colectivo pervertido y disecado. Los placeres que tanto buscamos los encontramos en la pobreza, en el hambre. Prostitución para satisfacer la carne; drogadicción para satisfacer la tristeza; dinero para satisfacer el vacío existencial; muerte… muerte para satisfacer el sentimiento más impuro y caótico: nuestra soledad.

No creo en la muerte, pero sospecho ya estarlo.