Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Sonidos rebeldes.

El viento distorsiona los sonidos, pero los escucho perfecto. Cada segundo mi tímpano asimila lo que momentos antes esperaba oír. La imperfecta armonía, nacida de horas y días de trabajo, da paso a este momento tan anhelado, en donde cuerdas danzantes y tambores adoloridos escupen sus cantos al público. Una voz desafinada, pero salida del corazón, golpea un micrófono cansado de traducir las vibraciones sonoras.

Y los segundos se alargan, y los sentidos se agudizan. El ambiente, cada vez, se torna más pesado. Las capas de aire encima mío pesan más de lo que aparentan, pero tengo algo presente: en este momento, nadie puede estar por encima de mí; ni siquiera el cielo.

Las luces de diferentes colores juguetean de un lado a otro, sin cesar. Parece que yo hago lo mismo. Mis dedos agreden todo su cuerpo. Lo oprimen con todas sus fuerzas, sin miedo a herirlo. Lo toco por todos lados, frenéticamente, sin pensar en las consecuencias de mañana. Siento felicidad y rabia, a la vez; excitación y serenidad; miedo y valentía. Lo que digo ya no son palabras, sino ladridos. Mis movimientos son absurdos, pero afines al contexto. Y sigo tocándolo; golpeándolo sin compasión con una mano y presionándolo fuertemente con la otra. Detrás de mí, otro psicópata golpea frenéticamente la piel lastimada de los tambores; al lado mío suena una guitarra con ruidos sucios, sencillos y atorrantes. Yo, sostengo un bajo soez e insultante, carcomido por el uso y el monótono sentido de sus acordes.

El público ensordece, reduciendo mi ser pero también maximizándolo, sin sentido. Ya estamos muertos, pero hoy más vivos que nunca. «Si el placer es un pecado, bienvenido al infierno», me digo en mi mente. Las notas enfurecen a lo establecido, insultando cada tiempo de los cuatro a la realidad que vivieron, vivimos y vivirán.

Y de un momento a otro la veo a ella tan viva y saltarina, en un espacio cualquiera del escenario al frente mío. Canta mis canciones, y yo las canto para ella. La diferencia es que yo tengo el micrófono. Nacidos de la basura, ladramos «¡basura y libertad!», mientras las demás personas de la ciudad son orinadas y dan gracias.

Mis largos segundos se reducen a verla, tocar mi bajo y dedicarle mis ladridos.

Mucho tiempo duraría creyendo que me ama, y que alguna vez estaría ella en el público de mi concierto. Un trágico accidente me hizo perder mis dos brazos, pero yo la amo.

Te amo, Libertad.

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