Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Archivos mensuales: diciembre 2013

En la superficie

Estamos en un pantano podrido, todos. Él, intentando arrastrarnos hacia su interior día tras día, y nosotros, tercos y testarudos, intentándolo impedir con toda la energía de nuestra vida. Cada minuto nos desgasta más, agotando la fuerza interior que obtuvimos al nacer. Cada gota de sudor, o derramamiento de sangre; cada grito, o cada súplica; cada risa, o cada sufrimiento; cada beso o cada cachetada… Todo se resume a lo mismo: a nuestro esfuerzo inhumano de no parecer entre la putrefacción del pantano.

La vida no tiene otro sentido que la lucha que, a fin de cuentas, siempre termina siendo contra el pantano. La libertad, la igualdad, la solidaridad, la tolerancia, el respeto… Todas son luchas para no ahogarse en la cínica, pero temerosa espesura del pantano de la muerte. Esto porque no hay otra posibilidad para luchar por la vida que la ingenuidad. Sí: sólo los ingenuos creen que pueden nadar hasta la frontera del pantano y refugiarse en la tierra infértil y muerta. Hace tiempo que las garras de las profundidades nos retienen con la única intención de obligarnos a hacerles compañía. Animal por animal, humano o no-humano, perecemos ante la inagotable fuerza de la muerte. Nuestras energías se agotan, luego de los años, hasta que no queda un centímetro de esperanza en todo nuestro cuerpo. Y nos ahogamos. Y llegamos a lo más profundo del pantano, donde descansamos inconscientemente, y aparentemente hasta el fin de los tiempos.

Jamás descansamos.

La energía que algún día creímos perder, jamás murió. Sólo se transformó, y las batallas y las luchas y las gotas de sudor o de sangre, y los gritos y las súplicas y las risas y los sufrimientos y los besos y las cachetadas y el amor y la felicidad… Todo cobra sentido. Nada fue en vano. La energía que utilizamos para todo aquello fue a un mejor lugar. Magnífico este e infinito, inimaginable, omnisciente, invencible, hermoso, extraño, desordenado… que los humanos, ingenuamente, llamamos naturaleza.

Es ahí donde nos enteramos que el pantano cumplía las órdenes del todo. De nosotros mismos, además. La energía necesita ser transformada; fluir. Salir del pantano y darle vida a la tierra infértil y muerta; a los árboles sedientos de minerales; a las flores deseosas de deleitar el mundo con sus colores; a las montañas con la intención de vestirse de verde; a las estrellas con inentendible cantidad de energía; a los planetas, que luchan por tener vida; al mismo espacio, que todo el tiempo que lleva existiendo y no-existiendo siempre ha codiciado tener los colores que orgullosamente portan los planetas; a la vida misma, que por el hecho de vivir, busca tener sentido.

A los seres vivos, que por el hecho de luchar toda su vida y transformar su energía, hace que todo sea posible y que todo tenga sentido.

A ti y a mí ya todos.

Nacimos libres,
y libres moriremos…

o no.

Anuncios

Candy Crush

La vida resulta más fácil de explicar si la personificamos con los juegos. No alcanzo a contar con mis pelos del culo la cantidad de filósofos que intentaron explicar el significado de la vida, o el propósito de esta, más allá del lado biológico. Ninguno encontró la verdad absoluta. Y resulta que no la encontraron, porque tampoco saben de dónde vino. ¡Fue Dios! dicen los teístas, como ¡del big bang! dicen los ateos. Los pitagóricos decían que la vida nació de los números y que estos son el principio de todas las cosas. Nosotros, los panteístas, creemos que la unión de vidas componen una sola absoluta, que denominamos naturaleza.

Pero, como verán, esto de la vida es un enredo. Y eso que sólo nombré algunas doctrinas que piensan EL ORIGEN de la vida. Ni siquiera el significado de esta. Por eso tengo la intención de demostrar que el significado de la vida está en los juegos. Candy Crush, por ejemplo.

Antes de empezar a jugarlo ya todos sabíamos que era una mierda. Lo supimos, y ahora lo seguimos sabiendo. Nació del aburrimiento, sin duda alguna. Nosotrxs empezamos a jugarlo por aburrimiento. La vida no es la suma de emociones, sino la totalidad de experiencias aburridas.

Aún así, seguimos jugando. Pasando de nivel a nivel. Oprimiendo click o moviendo el dedo sin fin, mecánicamente. Y nos aburríamos… hasta que un nivel concentró nuestra atención a tal punto de la locura. Creo, sinceramente, que lo que hace interesante a ese juego de mierda (vida de mierda, para que no pierdan la personificación) es que las vidas se acaban. Y ahí estamos, esperando una puta media hora a que se recarguen los corazones para intentar, una vez más, superar aquel nivel que no nos deja dormir.

Hasta que lo pasamos, y todo es color de rosas hasta que la mierda brota hasta nuestra boca, con otro nivel. Y otro, y otro. Así, hasta que nos aburrimos de enfrentar una vida que resulta ser tan difícil y monótona, con niveles que cambian estéticamente, pero en esencia son la misma mierda. Dulcesitos que ni siquiera apetitosos resultan, y todo del mismo color: azul, rojo, morado, amarillo, verde y naranja como una gigante bandera homosexual que se mueve de un lado a otro gritando TASTY, DELICIOUS y demás mierda que nos hace pensar que nuestro futuro será feliz y poderoso, cuando la realidad es que nos terminaremos aburriendo de la vida y empezaremos a pensar qué es la muerte. Eso, hasta que otro idiota se invente un juego más pésimo que Candy Crush.

La orejas

Es extraño… Jamás tuve las fuerzas para hablarte. Fuiste ese amor lejano, pero que día a día me hacía perder los horizontes de la vista. Amor inmaduro, de esos que nos muestran en las películas. Yo, viéndote cada veinticuatro horas. Tú también me veías, no nos mintamos. Tú tenías novio y mi corazón le pertenece a otra persona desde hace mucho tiempo. Aún así, me duele no volver a verte, ni haberte dicho “hola”, ni haberte hablado de mis problemas -o los tuyos-, ni haberte asegurado que me pareces hermosa, en comparación a la perra de tu amiga.

Este amor del que hablo roza la locura. El daño que te hubiese hecho habría sido descomunal y, vi en tus ojos, que no eres tan fuerte como para haberlo asimilado. Esa humildad y nobleza en tu mirada, digna de un amor platónico, no me la quitaré de la cabeza durante un largo tiempo. No sé ahora mismo, si te amo como amo a mi mamá, o si lo hago como a la chica que amo.

A fin de cuentas, lo nuestro jamás pudo haberse dado. Querida, te lo digo de corazón: no te dejes influenciar de esa manada de anormales parlantes, y sé tu misma. Eres diferente a las demás niñas; se te nota en la cara. Y para finalizar: eres mi amor platónico número dos, después de mi ahijada de seis años.

Lo que pasa es que los amores platónicos no sirven para una mierda.