Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Archivos mensuales: febrero 2014

El amor es el hijo abortado de la vida.

Es el que nunca quiso tener, el que no aceptó al nacer, el que tiró a la calle y se educó en los callejones del universo. El amor es el que comprende a todos los seres vivos, el que se casó con la «supervivencia de la especie» y el que dio lugar a dictaduras y revoluciones. El amor es del que todos hablan, pero nadie acepta. El que es mal mirado, pero a la vez admirado. Es el todo de lo relativo, lo feo de lo bonito. Lo oscuro de lo divino.

El amor es el que planta árboles, y el que, a su vez, los destruye. El que une personas, y el que con facilidad los separa. El que crea religiones y también las corrompe. El que genera vida y al mismo tiempo puede asesinar. Es el poder degenerativo del hombre y también el perfeccionista. El amor es el que todo lo puede, menos ser algo.

Nadie es capaz de aceptar que el amor es inherente a la tierra. El viento ama al mar, como la tierra a los árboles. La luna ama al sol, como el cielo al infierno. La vida misma ama a los seres vivos, y los inertes aman a los que, de algún modo, los utilizan para el bienestar. La roca ama al cavernícola que hizo fuego con ella. Y yo te amo a ti. Pero nadie ama al amor, por las mismas razones anteriores. Quizás el odio. Aunque puede pensarse inteligentemente, que el odio no tiene más que odio y que, tristemente, el amor no tiene odio, tampoco. Para que haya bien, hay mal. Para que haya justicia, debe existir la injusticia. Pero el amor no tiene odio. Y sin odio, no puede amar.

Es lo que siempre quiso viajar a la tierra, pero que fue rechazado por la odiosa atmósfera del planeta.

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