Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Archivos mensuales: septiembre 2014

En este mundo de mierda

Aquellos que imploran el perdón jamás habrán gozado el pecado.

EN ESTE MUNDO DE MIERDA

Lejos de aquellos lugares donde se pregona el amor y el poderío de Dios; lejos de aquellos lugares donde se glorifica una bandera y se canta un himno; lejos de aquellos lugares donde se ejerce el derecho y se busca la justicia; lejos de aquellos lugares donde reina la seguridad y la protección; lejos del amor… Allí se encontraba Juan.

Las paredes de una residencia majestuosa, en el centro de Bogotá, dejaban escapar los gritos, los golpes y las torturas que una pobre alma resistía minuto a minuto, desamparada de un mínimo hálito de esperanza. Los cobradores del gota-a-gota se habían hartado, y el padre cabeza de familia tenía que sufrir las consecuencias. Látigos envueltos en sangre, cuchillos que aún conservaban en su filo la piel del desamparado, un dedo meñique dejado a su suerte en el suelo, tras haber sido separado de su cuerpo. Todo armonizaba un escenario desastroso en el sótano de aquella residencia. Juan resistía. Aún podía hacerlo.

—¡¿Oyó, hijueputa?! A la próxima pague y tenga palabra, gran gonorrea.

Uno de los torturadores comenzó a desabrocharse el pantalón. Juan había sido colocado en cuatro, con cuerdas que ataban sus ensangrentadas muñecas, sus tobillos e inmovilizaban su cabeza. Lo único que sus ojos podían divisar era una foto de su hija, colocada por los enmascarados cerca a su cara.

—Mire bien a su china, que ahorita estará en las mismas. ¿Helena es que se llama?

Uno de los cobradores, el que estaba desnudo de la cintura para abajo, se acercó por detrás a Juan, y sin pensarlo comenzó a penetrarlo. Cada penetración lo debilitaba cada vez más. Si antes sus ojos lloraban por dolor físico, ahora lo hacían por dolor interno. Al pobre Juan le estaban extirpando su razón de vivir. Le habían arrebatado su humanidad, su dignidad y sus ganas de seguir adelante.

—¿Rico, no?

Despertó desnudo. Un policía estaba zarandeándolo con su porra. Lo vio tenuemente. Volvió a dormir.

Ahora estaba en el hospital. Helena le tenía la mano y aún no comprendía lo que estaba sucediendo. Volvían a su cabeza imágenes de lo ocurrido, de la foto que le obligaron a ver mientras era violado, de cómo lo seguían latigando mientras segundo a segundo era penetrado. Recordaba la foto nuevamente y entre nitidez y oscuridad reconocía a su hija, agarrándole la mano. Él hubiera preferido ver a cualquier persona allí, aun si dicha persona lo torturaba o no, pero no a su hija.

Perdió el pie por gangrena y poco después, en el mismo Parque Nacional donde lo habían dejado, apareció su cuerpo con un disparo en la sien. Se había suicidado.

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