Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Hacerte el amor

Estabas tan sola en tu casa… tan sola y tan calladita en tu casa mientras la guitarra parlante de Hendrix se escuchaba por tu equipo de sonido, que no aguanté las ganas de escribirte.

—¿Estás sola?

Y esas dos palabras… tan tenaces, tan polisémicas, tan ambiguas pero por encima de todo lo anterior, tan directas, tuvieron la respuesta que estaba esperando, o por lo menos lo que mi Eros esperaba.

—Lo estoy, y estoy esperándote.

Y en mi mente recordé tus ojos picarones; tu sonrisa irónica; tus mejillas pomposas; tu mentón; tu cuello tan limpio, tan puro pero tan delicioso; tus hombros tan vírgenes y serenos; tus manos; tus senos… tus pezones, en especial. Recordé otra vez tu sonrisa, que más que cualquier otra cosa de tu cuerpo me decía, como en lenguaje de señas, que estabas esperando por mí. Y decidí ir.

La puerta de mi casa no quería abrir; cuando abrió no quería cerrar. Saqué las llaves del candado de la bicicleta para abrir el carro; tuve que devolverme a cambiarlas. Me tiemblan las manos, la puta llave del carro no quiere caber en la cerradura. Por fin entra. Arrancar se torna una pesadilla. Entre mi corazón golpeándome el pecho con odio, las mariposas de mi estómago ahogándose por el calor de mi sangre y la erección de mi pantalón, que el carro ande resulta ser una tarea imposible.

Por fin arranco. Todavía se me dificulta coordinar los cambios. Las luces de los demás vehículos me dejan ciego. No encuentro el momento de llegar a tu casa, tomarte del cuello y morderte el labio, hasta que sangre o peor, hasta que gimas. No puedo dejar de pensar en comerte cada parte de tu cuello, mientras mis manos juegan con tus senos como si buscaran sujetar la última esperanza. Quiero llegar ya para tenerte al frente, sonreírte tal y como tú lo haces y sin pronunciar palabra alguna, hacerte el amor.

Estoy a una cuadra, a una cuadra de llegar a tu apartamento. Todo se nubla en mi cabeza; mis pensamientos me ahogan. Quiero salir ya de este puto carro. Quiero salir corriendo mientras tiro mi ropa por el camino. Esta mierda va muy lento. Quiero llegar. Quiero llegar. Y cuando llegue, me voy a vengar, porque si dios estuviera en mi lugar, él también te enviaría al infierno.

Subo por las escaleras. Tontamente supuse que por ellas llegaría más rápido que en el ascensor. Me da igual. Quiero llegar. De pronto se me vino a la mente tu cuerpo, desnudo y mojado, tan puro, al frente mío. No me puedo quitar tu sonrisa de la cabeza. Me tienes mal. Me tienes mal. No me importa. Te haré el amor hasta que no podamos movernos; hasta que nuestros cuerpos sean uno solo; hasta que tus gritos despierten a todo el edificio. No me importa. Es más, haré que mis uñas te tatúen la espalda mientras estás boca abajo en tu cama, conmigo encima. Y por cada pico que me has dado en el tiempo que ha durado nuestra travesía, por cada uno te haré un rasguño. Y tu sangre, que siempre ha sido más bella, más inquieta y más roja que la mía, se confundirá con el rojo del amor; con el rojo que escurre siempre ante un flechazo del hijueputa Cupido.

Llegué a tu piso. Ya ni recuerdo cuál de las puertas es la tuya. No me importa. Por mi golpearía cada una hasta que me abrieras tú o alguien idéntico a ti. Me tomo cinco segundos para pensar. Es esa. Esa es la puerta. La toco, la golpeo como un loco desquiciado, hasta que abres tú, desnuda, y te hice el amor hasta que nos volvimos una nada, puesto que es en la nada donde seremos nosotros lo más valioso.

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