Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Paludismo, delirios y fuego

Mis noches son un despertar y dormir continuos, marcadas de delirios, sueños reales y visiones falsas.

2:02 am. Suena una alarma. O no. Sonó una alarma en mi pesadilla. ¿Acaso sigo soñando o estoy despierto? De hecho no sé la diferencia entre ambas cosas… y menos esta noche. Creo que no fue una alarma. Fueron las campañas de una iglesia. ¿Qué iglesia queda cerca a mi casa? ¿Dónde es que estoy? Esto no tiene sentido. Estoy en el medio de la nada. En la jungla no hay iglesias, o por lo menos no iglesias humanas. No entiendo nada. Cierro los ojos. Necesito abrirlos.

Cuando levanto los párpados, en el corto tiempo que demoro en abrir mis ojos, siento que soy otra persona, o por lo menos otro ser corpóreo; un demonio que me posee con párpados gordos, fornidos, con arrugas y piel dura, gruesa, y con pestañas de algo parecido al hueso, pero levemente más delgadas. Al abrir los ojos me doy cuenta que Dios no existe, que es un farsante, que todo es una mentira. Este mundo es producto del Diablo, a lo igual que la música, la literatura, el arte, las humanidades, la ciencia: el conocimiento. Él nos quiso libres, mientras Dios nos creó ignorantes. En la manzana del árbol prohibido no encontramos pecado, ni sacrificio, sino sabiduría.

La oscuridad se apodera de mí en esta noche sin precedentes. Mi visión está cada vez más debilitada por las sombras. Son sombras cada vez más borrosas, más oscuras y, por más que intento, no puedo ver mis manos, ni mi nariz, ni mi vida. Sólo veo oscuridad, delirio y muerte.

De pronto, muy a lo lejos, denoto un montón de algo; otro ser corpóreo parado con ojos brillantes que me mira, que no deja de mirarme y que se ríe. Pronto me percato que no está tan lejos, que de hecho está ahí, al frente de la puerta de mi habitación, con una sonrisa macabra y unos dientes afilados. No logro distinguir si me sonríe o se está riendo, o se está burlando de mí. Me compongo. Le sonrío también. Levanto mi mano derecha con las únicas fuerzas que tengo; me pesa mucho el cuerpo, tanto que no puedo moverme… ni gritar. Mi garganta se siente asfixiada por una mano que no existe. Cuando mi mano está entre la mirada de ese ser y la mía, levanto mi dedo del medio. No te tengo miedo, asquerosa criatura.

En ese momento, tengo un frenético momento de cordura, y me veo a mí mismo, acostado en la cama, con la mano levantada sonriéndole a la puerta, sin nada ahí. Me desmorono. Estoy volviéndome loco. Bajo la mano con pena y me acuesto boca arriba. Aun mis ojos, así estén cerrados, siguen detallando cada parte del cuerpo de la criatura que me miraba, o por lo menos que creí que me miraba. Pronto me vuelve a invadir la oscuridad; la neblina negra que es cada vez más oscura y más pesada. Duro un par de segundos en percatarme que tengo los ojos cerrados. Al abrirlos vuelvo a sentir que no soy yo, que soy otra persona, esta vez un ser humano común y corriente, pero distinto a mí. En esas milésimas de segundo siento el cuerpo de otra persona conmigo adentro. Y cada segundo es más difícil distinguir entre la verdad y el delirio. Llevo mi mano izquierda a mi frente. Sólo al tocarla me doy cuenta que estoy empapado en sudor. También me percato que estoy anormalmente caliente: tengo fiebre. Los delirios se acentúan. Mi cama está ardiendo en fuego. ¡El Diablo ha venido por mí! El Diablo quiere devuelva al demonio que me tiene poseído. El Diablo sabe hacer sus cosas sin que Dios se dé cuenta. A lo lejos escucho sonidos repetitivos de caricaturas animadas. Son dos o tres segundos de caricaturas animadas que se repiten una vez tras otra, sin parar, mientras mi cama se quema, mientras mi frente se quema. Por un momento puedo ver el vapor que sale de mi cara y en el vapor veo la silueta de mi rostro gritando o llorando, no lo detallo lo suficiente. Trato de mover mis piernas o mis brazos, pero es imposible. Tengo que pedir ayuda.

De un momento a otro, un segundo momento de cordura se apodera de mí. Veo el techo de madera de mi habitación. Siento las puntas de mis dedos tan lúcidamente como siento las gotas de sudor entrar a mi oído. Aun no he terminado la noche, pero tampoco la noche ha terminado conmigo.

Se alumbra el celular. ¡Puedo pedir auxilio! Lanzo mi mano hacia él y muy pronto me doy cuenta de lo lejos que está. Debo mover mi cuerpo. Es imposible. Recuerdo que mi celular puede desbloquearse con un comando de voz y comienzo a gritarlo con desesperación. ¡Hola, Sara! ¡Hola, Sara! ¡Hola, Sara! Tres gritos son suficientes para entender que lo que estoy haciendo no tiene sentido: mi celular nunca tuvo configurado un comando de voz. Y Sara, que se encuentra a miles de kilómetros de donde estoy, no podrá escuchar mis saludos.

2:58 am. Esa es la hora aproximada en la que falleció mi cuerpo, o por lo menos esa es la hora que anuncian los médicos. Fiebre. Aun no reconozco la realidad de la ficción. Estoy muerto, lo sé. Ya es de día y el sol no me molesta la vista, el cuerpo no siente hambre ni la boca sed. Quiero comer sin hambre; quiero beber sin sed; quiero volver a estar vivo y sentir, por última vez, los placeres de la comida, el sexo y el amor. Sara me escribió a las 2:46. ¿Qué hubiera pasado si le respondía? ¿Qué me escribió? ¿Qué hago muerto si en vida aun me quedaba tanto por hacer? ¿En serio nadie urilizará mi cuerpo? ¡Pero si está sano! Quiero comer… quiero comer. Quiero comer sin hambre; quiero beber sin sed; quiero volver a la vida. Quiero decirle lo mucho que la quiero, que la extraño, que la necesito. ¡Búscame en la muerte, amada mía! ¡Búscame en el sol! Me quemo y no es por el fuego, sino por tu ausencia. No quiero vivir más esta muerte sin ti. ¡Muerte no es estar lejos de mi cuerpo, sino de tu corazón!

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