Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Nueve

-He contagiado, matrona- dijo.

-¿Usted?- le replicó. -¿De que se habrá contagiado, mi señor?

-Me temo que he contagiado de locura. Es terminal.

-¿Pero qué me está diciendo?- contestó la matrona. -La locura es una enfermedad de viejitos. Y usted está muy joven.

-No estoy lo suficientemente joven. Usted no me entendería. Odio la autoridad y no hay mayor autoridad que el reloj. Usted legitimó absolutamente el tiempo y lo considera su dios. Se levanta cuando la hora le dice que son las seis, se acuesta cuando muestra las diez. Toma su tinto, desayuna, cocina, almuerza, descansa y todo se lo obedece a la hora. Yo rechazo toda autoridad. Aún aquella tan incuestionable como las manecillas. Y lo hago porque soy libre y porque entre más me alejo de esta categoría arbitraria de <<humanidad>>, más indomable me hago. Usted ya está domada, matrona, porque su piel es negra. Yo, por el contrario, soy libre… porque soy blanco y porque ninguna autoridad, excepto la de mi corazón, me dice qué hacer. Soy libre en tanto obedezco mi naturaleza.

-¿Y cuál es la naturaleza de una mujer negra como yo?

-No sé, la verdad. Lo que haya dentro de un cuerpo negro es desconocido para mí. De hecho hay quienes afirman que no tienen alma, siquiera. Yo no creo en eso. Debe haber alguna forma de redimir su ser. Lo averiguaré, antes de que esta locura se apodere de mi cuerpo. Y rece, matrona. A Changó o a la Virgen; me da igual. Pero rece.

-Yo rezo, mi señor. Rezo por usted.

Día tras día la misma conversación se repetía entre Alfonso y Cecilia Inés, con ciertas variaciones en los desvaríos del blanco. Día tras día, desde hace nueve, Alfonso usaba su cuchillo para desmembrar de sus pies un dedo. Se los cercenaba sagradamente a las 5:30 am, antes que Cecilia Inés se levantara. Los guardaba en un frasco que trataba de conservar frío en las madrugadas de Cartagena de Indias. Y no sabía por qué lo hacía. No tenía idea de por qué se había estado cortando los dedos de los pies hasta llegar a tener solo uno. Se lo preguntó una vez, después del tercer desmembramiento, pero su cuestionamiento se vio opacado por su incesante necesidad de exigirle el almuerzo a la matrona.

Era un hombre blanco, de baja estatura, con ojos verdes casi, casi que fluorescentes. Solía caminar como acercándose a su presa, asemejándose a una pantera. Ya, con nueve dedos menos, caminar se tornaba imposible sin la ayuda de un par de muletas improvisadas. <<He contagiado>>, pensaba cada quince minutos durante todo el día, durante todos los días desde el primero, en el que se cortó el dedo meñique del pie derecho. Luego siguió con el de al lado y así hasta que ahora sólo le quedaba el pulgar del pie izquierdo. Luego de meditar todo el día acerca de la enfermedad que lo aquejaba, cinco minutos antes de las diez iba donde Cecilia Inés y le contaba su terrible conclusión: había contagido. Lo mismo lo había hecho ya nueve veces y la negra, alta, rechoncha y fortachona, le respondía siempre lo mismo: que era muy joven para contagiar de locura.

El primer día le respondió que <<las enfermedades no distinguen edad>>; el segundo que <<la locura no es una enfermedad>>; el tercero que <<los contagios sólo le dan a la gente pobre>>; el cuarto que <<tuviera cuidado, que no quería contagiarla>> y así, hasta que la reflexión número nueve fue que él <<es suficientemente libre como para zafarse del tiempo>>.

<<Rezo por usted>>, le respondía Cecilia Inés con una sonrisa oculta en su cara. La esclava odiaba a su propietario. <<Blanco asqueroso>>, se repetía mientras trabajaba para él. Cecilia Inés no estaba para ser esclava. Cecilia Inés no debería estar limpiándole la ropa interior cagada a un blanco. Cecilia Inés había pasado por mucho como para que en pleno año de 1781 le dijeran qué hacer. Ella conocía el poder de los cuerpos muertos; del mundo al que transitaban las almas; ella sabía que Elegguá haría que Alfonso padeciera lo que la había hecho padecer a ella. Y sus plegarias yoruba habían llevado al blanco a su locura. Los otros diecisiete esclavos sabían lo que la matrona estaba tramando. Y es que era ella la verdadera lidereza de la finca. Su apodo fue dado no por Alfonso, sino por los mismos negros y adoptado por el propietario. Era a ella a quienes las negritudes seguían y la idea de asesinar a Alfonso y refugiarse en Palenque fue de ella misma.

Un cuerpo desnudo, colgado de una soga en su cuello desde el techo, fue lo que quedó de Alfonso. Cuando los dieciocho negros lo vieron, lo único que resaltaba eran sus pies mal cosidos, con un único dedo pulgar. Un par estaban horrorizadas. Otra se echó a reir; risa que fue lo suficientemente pegajosa como para envolver a tres esclavos en carcajadas. Finalmente, diecisiete -exceptuando a la matrona- estaban ahogándose de risa. La muerte de un esclavista suponía la emancipación de quienes fueron privados, por su piel, de la libertad.

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