Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Flameando verdades

En este mundo, la pedantería es un lujo. Es más, la pedantería es norma, pues el ser humano se reconoce no a partir de sí mismo, sino del otro.

«Lo diferente» es lo que nos dice qué somos, y aún más si catalogamos eso diferente como inferior. Creamos un prototipo de lo que debemos ser y ese prototipo está por encima de lo demás. Comencemos de a poquito y llegaremos al punto que quiero tratar.

La naturaleza. Desde la Antigua Grecia, la polis se entendía en función de lo que no era bárbaro, de lo que no venía de las bestias. Lo que estaba fuera de la polis, la bios, era lo diferente que definía a los ciudadanos. Por tanto, desde Aristóteles se esgrimió la idea de que el hombre está por encima de la bestia; la bestia es moldeable, la bestia es funcional al hombre. El hombre no es una bestia, por tanto no es animal. Es hombre. Y esa mentira histórica ha llegado hasta nuestros días, tanto así que hasta en la ley lo podemos ver. Los animales (no-humanos) no son otra cosa que objetos, y vendo mi caballo o mi vaca igual que vendo una silla. He aquí la primera definición del hombre: él no es un animal.

En la polis se esgrimió otra idea: el macho es el único que tiene un carácter político, pues la mujer (lo otro) tiene capacidades distintas al hombre por naturaleza. En este caso, la diferencia es «lo que no tiene pene», «lo afeminado». A ese prototipo de hombre se le imprimieron características propias de un macho y es ese macho el que puede participar en la política, pues es desde esa mentalidad de macho (o si lo quieren, machista) que se debe definir el funcionamiento de la polis.

La tercera diferencia: lo negro, lo moreno, lo bárbaro. A ese prototipo también se le imprimió un color de piel, de ojos, de cabello, en tanto los hombres que trabajaban en lo público debían ser griegos, es más, debían ser ciudadanos griegos. Por tanto, lo diferente fue llamado bárbaro, que también viene de «bestia», y el no ser bárbaro era una definición clara del prototipo de ser humano que se quiso en su momento.

¿Cómo se explica que en la modernidad hubo la necesidad de domesticar la naturaleza, cazar a las brujas y colonizar socialmente las periferias del mundo? Pues porque si transformaban el entorno ecosistémico en el que estaban, entonces el ser humano, desde su antropocentrismo, podía concebirse como el rey del mundo. Y monarcas cambiaron el flujo de un río sin mayor razón excepto a la de mostrar su poderío frente a la naturaleza. Igual con la caza de brujas: una persecución sistemática a las mujeres que no se acoplaban a esos roles dados a través de la categoría de lo diferente. El mayor proceso de domesticación de la mujer fue la cacería de brujas; hecho pactado por las monarquías y la Iglesia para reprimir y amaestrar las vaginas.

Finalmente, el colonialismo en América Latina, en África, en Asia, no debe entenderse únicamente desde su carácter económico, sino también como proceso en el que Europa creó su identidad. El problema con los indígenas, con los negros, con los amarillos, es que su cultura es inferior, y por tanto debe ser cambiada por la cultura superior. Siempre, «lo diferente» es inferiorizado. Por tanto, no es únicamente el hecho de identificarme con respecto a lo que no soy, sino además pordebajear todo lo que no soy.

De ahí que diga que la pedantería es norma y lujo. Norma, porque así se ha moldeado el ser humano occidental desde su concepción del mundo. Lujo, porque inferiorizar «lo otro» y reproducir esos sesgos crea privilegios.

¿Cuál es el afán por hablar mal del otro?, me pregunto. En efecto, ¿qué es lo que nos hace hablar de nuestras victorias y tapar nuestras desgracias a costa del menosprecio del prójimo? Esta es una pregunta casi que antropológica que, sin duda alguna, merece atención, pues define a esa cosa que llaman humano.

El egoísmo nos ha hecho mucho daño. Darwin nos ha hecho mucho daño. Creámonos el cuento de que somos solidarios/as por naturaleza, pues sólo desde ahí podemos empezar a construirnos desde lo que somos, y no desde lo diferente. Nuestros corazones son suficientes para desarrollarnos y si crecemos, no es por lo que está debajo, sino por lo que tenemos a los costados.

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