Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Bajo lunas ya vistas

Es mi remordimiento el sustento de lo que hoy escribo, bajo una luna de ojos y memorias, que se asemeja a las historietas tormenta y carmesí que contaba Allan Poe.

Es en tu recuerdo y en las noches de lluvia y somnolencia que escribo, que le escribo a tus ojos, no para que lean, sino para que me deleiten. Porque como una burbuja, que al compás del viento vuela y al de la tormenta explota, es tu recuerdo que bajo lunas ya vistas y noches ya vividas, vuelves a mi cabeza.

Por eso hoy duermes, mientras yo te pienso, porque la anemia es un estado del alma. Y no es tu sueño lo que alimenta los míos, no lo hace más que tus mil y una noches pintadas en el pedazo de página tatuado en mi corazón, o peor aún, en mi pared. Mis sueños, que ya por poco ni míos son, viven hoy, tras una luna ya vista y un poema ya soñado. Y tú, imagen del amor y de la levedad de lo humano, sólo eres un tren de reflexiones, que de a poco me conduce a un lugar mejor. Así sea la muerte.

Un francés torpe, una lámina rota, un libro estropeado, todo son estragos de la violencia con la que amaste. Y yo, torpe pero sereno, alivio mi insomnio en tus ojos color esencia, y sonrío con vergüenza tras comprender que me creí eso de amar para siempre, sin tener un seguro a la mano. ¡Abróchese el cinturón de la razón, me dijiste! Y yo no hice más que conducir a la deriva, hasta que el sol te diera protagonismo, luna, hasta que el brillo de las montañas y los árboles y los pajaritos y de la puta jungla de concreto desapareciera, y cayera en la trampa del hoy, de esta noche de lunas ya vistas y recuerdos ya recordados. Eres tú una miserable. ¡Peor! Una embaucadora.

Mi corazón todavía te escribe, te llama, te sueña, te compone. A mí no me debes pedir perdón, es a él. A mí sólo me debes cachetear.

¿Qué me dirías ahora, de poder susurrarme al oído? ¿Qué picardía inventarías para sacarme de mis casillas? ¿Qué locura te incentiva a declarar enemigos mis oídos y utilizarlos para extasiar mentes y corazones sanos? Huh, eso lo sabrás tú. Yo ni quiero pensarlo. Solo quiero sanar.

Vete de mi cabeza. Suficientes cabezas hay en este mundo. Es más: suficientes mundos hay en una cabeza. Lárgate a otro, y déjame con mi noche y mis lunas tranquilo.

Flameando verdades

En este mundo, la pedantería es un lujo. Es más, la pedantería es norma, pues el ser humano se reconoce no a partir de sí mismo, sino del otro.

«Lo diferente» es lo que nos dice qué somos, y aún más si catalogamos eso diferente como inferior. Creamos un prototipo de lo que debemos ser y ese prototipo está por encima de lo demás. Comencemos de a poquito y llegaremos al punto que quiero tratar.

La naturaleza. Desde la Antigua Grecia, la polis se entendía en función de lo que no era bárbaro, de lo que no venía de las bestias. Lo que estaba fuera de la polis, la bios, era lo diferente que definía a los ciudadanos. Por tanto, desde Aristóteles se esgrimió la idea de que el hombre está por encima de la bestia; la bestia es moldeable, la bestia es funcional al hombre. El hombre no es una bestia, por tanto no es animal. Es hombre. Y esa mentira histórica ha llegado hasta nuestros días, tanto así que hasta en la ley lo podemos ver. Los animales (no-humanos) no son otra cosa que objetos, y vendo mi caballo o mi vaca igual que vendo una silla. He aquí la primera definición del hombre: él no es un animal.

En la polis se esgrimió otra idea: el macho es el único que tiene un carácter político, pues la mujer (lo otro) tiene capacidades distintas al hombre por naturaleza. En este caso, la diferencia es «lo que no tiene pene», «lo afeminado». A ese prototipo de hombre se le imprimieron características propias de un macho y es ese macho el que puede participar en la política, pues es desde esa mentalidad de macho (o si lo quieren, machista) que se debe definir el funcionamiento de la polis.

La tercera diferencia: lo negro, lo moreno, lo bárbaro. A ese prototipo también se le imprimió un color de piel, de ojos, de cabello, en tanto los hombres que trabajaban en lo público debían ser griegos, es más, debían ser ciudadanos griegos. Por tanto, lo diferente fue llamado bárbaro, que también viene de «bestia», y el no ser bárbaro era una definición clara del prototipo de ser humano que se quiso en su momento.

¿Cómo se explica que en la modernidad hubo la necesidad de domesticar la naturaleza, cazar a las brujas y colonizar socialmente las periferias del mundo? Pues porque si transformaban el entorno ecosistémico en el que estaban, entonces el ser humano, desde su antropocentrismo, podía concebirse como el rey del mundo. Y monarcas cambiaron el flujo de un río sin mayor razón excepto a la de mostrar su poderío frente a la naturaleza. Igual con la caza de brujas: una persecución sistemática a las mujeres que no se acoplaban a esos roles dados a través de la categoría de lo diferente. El mayor proceso de domesticación de la mujer fue la cacería de brujas; hecho pactado por las monarquías y la Iglesia para reprimir y amaestrar las vaginas.

Finalmente, el colonialismo en América Latina, en África, en Asia, no debe entenderse únicamente desde su carácter económico, sino también como proceso en el que Europa creó su identidad. El problema con los indígenas, con los negros, con los amarillos, es que su cultura es inferior, y por tanto debe ser cambiada por la cultura superior. Siempre, «lo diferente» es inferiorizado. Por tanto, no es únicamente el hecho de identificarme con respecto a lo que no soy, sino además pordebajear todo lo que no soy.

De ahí que diga que la pedantería es norma y lujo. Norma, porque así se ha moldeado el ser humano occidental desde su concepción del mundo. Lujo, porque inferiorizar «lo otro» y reproducir esos sesgos crea privilegios.

¿Cuál es el afán por hablar mal del otro?, me pregunto. En efecto, ¿qué es lo que nos hace hablar de nuestras victorias y tapar nuestras desgracias a costa del menosprecio del prójimo? Esta es una pregunta casi que antropológica que, sin duda alguna, merece atención, pues define a esa cosa que llaman humano.

El egoísmo nos ha hecho mucho daño. Darwin nos ha hecho mucho daño. Creámonos el cuento de que somos solidarios/as por naturaleza, pues sólo desde ahí podemos empezar a construirnos desde lo que somos, y no desde lo diferente. Nuestros corazones son suficientes para desarrollarnos y si crecemos, no es por lo que está debajo, sino por lo que tenemos a los costados.

Ojos tormenta

Manos insoportables y esas, que la naturaleza te concedió. Es un reflejo de mi deseo el deseo de dibujar con mis dedos los tuyos. Quiero ser torpe y conocer tu mano mientras mis ojos, torpes también, se pierden y se descubren en tus ojos tormenta.

Quiero ser gota y recorrer cada pétalo de tu piel; palpar que eres real; sentir el calor que tu cuerpo me comparte. Vivir la aventura del agua y obligar a la tierra a separarse. Quiero cerrar mis ojos sin dejar de ver tus ojos tormenta.

Quiero que tu reflejo en la ventana desaparezca, que el calor lo empañe todo. Quiero estar de pie, junto a ti, oyendo cómo pasas saliva y respiras torpemente. Quiero tener mis labios a centímetros de los tuyos y mis ojos dedicarlos a contemplar la siempre vehemente vileza de tus ojos tormenta.

Es una ronca intención la que mi garganta quiere materializar. Quiere estar cerca a tu oído, con los labios entreabiertos, luchar contra las ganas de morderte el lóbulo y decirte con la garganta que quiero hacerte el amor. Quiero tener mi mano en tu cintura y aprenderme el camino que tus huesos marcan en la piel. Quiero cerrar los ojos mientras siento con la mejilla tu cabello y recordar insuficientemente la mirada de tus ojos tormenta.

Quiero agarrar con mis manos tu camisa y quitártela, con el pretexto de dibujar con mis yemas tu ombligo, tus senos, tu cuello, tus labios. Quiero sentir el calor de tu pecho y compartirlo con tu espalda. Quiero tomarte justo encima de la cola y acercarte a mi cuerpo, mientras tu mirada desafía aquellos labios que mueren por besarte el cuello. Quiero sentir tu deseo leyendo desde mi humilde perspectiva lo que me digan tus ojos tormenta.

Quiero que el agua refresque las ventanas, que la lluvia distraiga mi instinto de penetrarte. Así darme cuenta que nos son tus ojos los que atormentan mi vida, sino la tormenta que el cielo ha dispuesto para esta noche, en la que nuestros cuerpos se unen y se superponen, tal y como anticipó Cortázar.

Noche negra

Hoy es la noche más negra del año. Cierra los ojos y lo verás. Hoy cierro mis ojos y no hay nubes, ni estrellas, ni pensamientos ajenos a lo que por horas, días y meses he tratado de evitar. Me pregunto: ¿por qué en esta noche mi única compañía son tus ojos imposibles? Bajo esta luna que siento tan mía, una reflexión carecería de sentido si ignoro el recuerdo de tus ojos. En mi cabeza el único cuadro que consigo ver es aquel en el que dos faroles cafés me miran, me desnudan y me encandelillan. Y el verte y el sentirte y el extrañarte y acariciar este mundo envuelto en agonía y padecer las pesadillas y el hacer de tus ojos mi enemigo… todo es una experiencia que me recuerda que soy humano, que la vida es melancolía y que el mundo se mueve por amor; que no hay motor tecnológico o moral que trabaje mejor que la fuerza de los corazones; que en tu mirada, ayer admirada, hoy odiada pero mañana recordada con nostalgia, encuentro el sentido de la vida y de la lucha, pues es en tu mirada, aquella imposible, extraña e inocente, que me percato que esta noche tan negra no se diferencia de los días más calurosos.

No cae lluvia, pues en noches negras hay más nada que vida. No caen truenos diferentes a tus ojos. No caen sonrisas, ni recuerdos, ni caobos. No cae ni cabe tristeza. Melancolía fatal. La vida, llena de sorpresas, encuentra su camino bajo dos amantes. Hoy el sol fastidia. Hoy la luna se esconde. Hoy solo hay dos ojos, que en el universo de mis ojos no dejan de mirarme. Hoy mi noche es oscura no por la ausencia de luz, sino por la presencia de tu mirada.

No me malinterpretes. Negra es mi alma, como negra es esta noche. Y negra es mi utopía, como negra es la música. No hay arco iris más colorido que esta noche negra. Negra y café, quiero decir. Melancolía no es tristeza, sino tranquilidad. Y lo sereno nunca viene acompañado del día. Serenidad. Noches negras y tus ojos café, en los que me veo y me reencuentro. Noches vacías con un fondo de aves. Noches lejos de casa, de verdad.

Corazón, sé libre

Hola, corazón.

Sé lo que piensas, lo siento en mi pecho. Sé lo que te carcome por dentro, lo que no te deja palpitar tranquilo. Creo que lo entiendo. Yo me siento igual, yo estoy conectado a ti.

Sé que estás partido, que no paras de sangrar. Sé que te duele, que sufres, que el solo intento de coser la herida es peor que el mismo dolor. Yo te entiendo. La vida no es color de rosa, sino una gama infinita de colores. Y cada color te hace sentir peculiar. ¿Qué color ves, corazón? ¿Ves el mismo que veo?

Sé paciente. No palpites más de una vez por segundo. Ve con el tiempo, que él no se cansa. Si no quieres que te cosa, deja que la herida cicatrice. Ve al compás de las manecillas. Resucita, corazón, que te necesito. Sé alegre, sé feliz, sé fuego. Quememos todo juntos, hasta los recuerdos. De las cenizas construiremos un mundo nuevo, o por lo menos un «yo» nuevo. No te dejes contaminar. Nuestro cuerpo es templo sagrado; profano y blasfemo, pero sagrado por lo animal, sagrado por lo humano.

No desfallezcas. No dejes de latir. Ni por el putas. Tú más que nadie sabe lo que sucede. Si no ves bien, usa gafas. El camino es mucho más claro que lo que parece. Sólo sigámoslo. ¡No, no pienses en los árboles a tu alrededor, sólo sigue! No vas solo, pues yo te acompaño. Yo y los arbustos, las raíces, los gusanos, las piedras, las ardillas, las palomas, las plantas y hasta el viento. Vamos de la mano. ¡Las venas solo son raíces del corazón!

Siente todo a tu paso. Conéctate. Respira. Mira cómo lo hacen mis pulmones; únete a ellos. El aire te oxigena, así no lo creas. Piensa en los ríos, en las montañas, en los valles, en los atardeceres. Piensa en la lluvia. ¡No, no! Concéntrate. Sólo en la lluvia. Piensa en las gotas, en el pedacito de vida que hay en cada gota. No pienses en el hambre, no pienses en la sed. Olvida el digestivo. Sólo somos aire y agua. Movimiento. Energía. Existimos hace millones de años, existimos ahora. Si el agua golpea contra las rocas y el aire contra las montañas, nosotros golpearemos contra el mundo y lo haremos retroceder. Somos uno. Somos dos. Somos todo lo que queramos ser. Somos libres, por encima de todo. Sólo seamos; vivamos sin pensar. Que mi mente me perdone, pero no la necesitamos. Corazón y yo, nadie más. Nadie nos desconcentra, nadie nos quita el sueño. Sé lo que piensas. No lo hagas. Sé feliz, seamos felices, tú allá y yo acá. Luchemos juntos, así estemos separados. El universo es uno, ¿cómo sabes que no lo somos nosotros?

Corazón, sé fogata. Sé calor en mi pecho. No nos ha faltado nada, no nos faltará ahora. Tú y yo. Caliéntame, que estoy indefenso. Calienta mi esqueleto, mis tripas y mi alma. Te necesitamos más que nunca. Haz de tu dolor vida, como el parto de las leonas, las yeguas y las humanas. Danos la vida que pasa de a poco por mis ojos. En el universo no está la potestad de que yo siga acá, sino en ti. No dejes de latir, no dejes de luchar. Revoluciona mis venas, que yo a través de ellas cambiaré el mundo. Formemos raíces en esta tierra y que estén en todas partes. Nos necesitan. Nos envidian. Late con tal fuerza que mis labios no paren de sonreir. Sé vida, sé amor. Amor no es lo que te tiene herido, sino justamente lo que te tiene latiendo.

Corazón, sé libre. En la libertad encontrarás tu camino. No hay fronteras. No hay nada que lamentar. Encuentra tu camino, que yo te sigo. Encuentra tu camino, que hacía allá está la felicidad.

Muerte, no me olvides

Acaba conmigo, maldita muerte, que en tu nombre cualquiera se agasaja. Acaba conmigo, triste desamparada, que es contigo con quien quiero vivir. Vivir en un mundo de vivos es traumático para quienes respiramos muerte. Mas confieso en tu presencia y en la nada que representas, que en tu eterna oscuridad, tu vida consumada, está la gloria deseada de mi corta humanidad.

Sé insurrecta, sé libertina. Qué es mi libertad sin el anhelo de morir. ¡Morir, dicen, es el peor castigo! ¿Pero qué castigo será entregar el alma a la muerte y la carne a los gusanos? Castigo, más bien, es tener que respirar sin cesar, segundo tras segundo, en una vida de lustros, décadas y siglos. ¡Castigo tener que hacerlo mientras reímos, mientras lloramos, mientras amamos, mientras odiamos, mientras comemos, mientras nos comemos, mientras nos besamos, mientras nos mordemos! Castigo no es la muerte, sino la vida humana.

Y cómo me desamparas, oh, muerte bella. No me olvides. ¡Yo soy tu seguidor, y cada paso que doy es un paso hacia ti! Si me demoro espérame, que se me atravesó una vida entera. Tu hermana, la libertad, tiene una misión para mí. ¿Tú eres libre, muerte? ¿Segura que no confundiste libertad con libertinaje?

No te lleves a quienes tengo en el corazón. ¡Llévame a mí! Yo te deseo más que cualquier vivo, si es que eres deseable. Sé mi confidente, pues en tus oídos cósmicos encuentro paz. No dejes de seguir mi camino, pues si me pierdo en ti encontraré consuelo. Cada noche que duermo y no sueño seguramente estoy es soñando en ti, pues si la muerte es, es negra, como aquella conciencia infinita que descansa en la mente de cada humano.

Quiéreme, muerte, deséame, pues si hay amor entre nosotros, que sea recíproco. Dame un abrazo cuando nos veamos y por favor, que sea sin dolor, pues todo vestigio de sufrimiento me haría recordar ese fraude llamado vida. Tú eres infinita, tú estás antes que cualquier Dios. ¡Dile a la vida, que es finita y que siempre cesará, que el consuelo lo encuentre en la muerte, no en las sonrisas! Las sonrisas se acaban y hasta hay hijueputas que las hacen falsas. Tú, muerte, no puedes ser fingida. Y cualquier Jesucristo que lo intente será tachado por nosotros, tus seguidores, entre sonrisas sinceras y lágrimas que no salen de los ojos, sino del corazón.

Distracciones

—No hay rastros de sangre, general.
—Pues hágalos, sargento.

—Te amo con toda mi vida.
—Y yo tus lentejas. Con toda mi vida.

—Odio menstruar.
—Es porque no vives en Siria.

—Jamás besaría a una negra.
—¿Ni a tu hermana?

—Mi amor por ti es lo más eterno que conozco.
—Y tú lo más blasfemo.

—Amo los camarones de mi tío.
—Mhmm… seguro esos camarones no te aman a ti.

—¿Crees en la violencia?
—Sí. Creo en las mentiras.

—Creo en Dios.
—Yo en tu sonrisa.

—¿A qué hora te despiertas?
—A ninguna. Me despierto cuando abren mis párpados.

—¿Estudias o trabajas?
—Vivo. Y lo hago respirando.

—Hueles a feo.
—Y tú a muerto.

—¿Dices mentiras?
—Sólo las necesarias.

—Eres un estrés.
—Son las consecuencias de respirar tu mismo aire.

—Uy, qué linda estás.
—Eso no es nada que un violador no me diga.

—Depílate.
—Lo hago si me dejas depilarte la aorta.

La vida es muy corta como para pintar los corazones de rojo.

Nueve

-He contagiado, matrona- dijo.

-¿Usted?- le replicó. -¿De que se habrá contagiado, mi señor?

-Me temo que he contagiado de locura. Es terminal.

-¿Pero qué me está diciendo?- contestó la matrona. -La locura es una enfermedad de viejitos. Y usted está muy joven.

-No estoy lo suficientemente joven. Usted no me entendería. Odio la autoridad y no hay mayor autoridad que el reloj. Usted legitimó absolutamente el tiempo y lo considera su dios. Se levanta cuando la hora le dice que son las seis, se acuesta cuando muestra las diez. Toma su tinto, desayuna, cocina, almuerza, descansa y todo se lo obedece a la hora. Yo rechazo toda autoridad. Aún aquella tan incuestionable como las manecillas. Y lo hago porque soy libre y porque entre más me alejo de esta categoría arbitraria de <<humanidad>>, más indomable me hago. Usted ya está domada, matrona, porque su piel es negra. Yo, por el contrario, soy libre… porque soy blanco y porque ninguna autoridad, excepto la de mi corazón, me dice qué hacer. Soy libre en tanto obedezco mi naturaleza.

-¿Y cuál es la naturaleza de una mujer negra como yo?

-No sé, la verdad. Lo que haya dentro de un cuerpo negro es desconocido para mí. De hecho hay quienes afirman que no tienen alma, siquiera. Yo no creo en eso. Debe haber alguna forma de redimir su ser. Lo averiguaré, antes de que esta locura se apodere de mi cuerpo. Y rece, matrona. A Changó o a la Virgen; me da igual. Pero rece.

-Yo rezo, mi señor. Rezo por usted.

Día tras día la misma conversación se repetía entre Alfonso y Cecilia Inés, con ciertas variaciones en los desvaríos del blanco. Día tras día, desde hace nueve, Alfonso usaba su cuchillo para desmembrar de sus pies un dedo. Se los cercenaba sagradamente a las 5:30 am, antes que Cecilia Inés se levantara. Los guardaba en un frasco que trataba de conservar frío en las madrugadas de Cartagena de Indias. Y no sabía por qué lo hacía. No tenía idea de por qué se había estado cortando los dedos de los pies hasta llegar a tener solo uno. Se lo preguntó una vez, después del tercer desmembramiento, pero su cuestionamiento se vio opacado por su incesante necesidad de exigirle el almuerzo a la matrona.

Era un hombre blanco, de baja estatura, con ojos verdes casi, casi que fluorescentes. Solía caminar como acercándose a su presa, asemejándose a una pantera. Ya, con nueve dedos menos, caminar se tornaba imposible sin la ayuda de un par de muletas improvisadas. <<He contagiado>>, pensaba cada quince minutos durante todo el día, durante todos los días desde el primero, en el que se cortó el dedo meñique del pie derecho. Luego siguió con el de al lado y así hasta que ahora sólo le quedaba el pulgar del pie izquierdo. Luego de meditar todo el día acerca de la enfermedad que lo aquejaba, cinco minutos antes de las diez iba donde Cecilia Inés y le contaba su terrible conclusión: había contagido. Lo mismo lo había hecho ya nueve veces y la negra, alta, rechoncha y fortachona, le respondía siempre lo mismo: que era muy joven para contagiar de locura.

El primer día le respondió que <<las enfermedades no distinguen edad>>; el segundo que <<la locura no es una enfermedad>>; el tercero que <<los contagios sólo le dan a la gente pobre>>; el cuarto que <<tuviera cuidado, que no quería contagiarla>> y así, hasta que la reflexión número nueve fue que él <<es suficientemente libre como para zafarse del tiempo>>.

<<Rezo por usted>>, le respondía Cecilia Inés con una sonrisa oculta en su cara. La esclava odiaba a su propietario. <<Blanco asqueroso>>, se repetía mientras trabajaba para él. Cecilia Inés no estaba para ser esclava. Cecilia Inés no debería estar limpiándole la ropa interior cagada a un blanco. Cecilia Inés había pasado por mucho como para que en pleno año de 1781 le dijeran qué hacer. Ella conocía el poder de los cuerpos muertos; del mundo al que transitaban las almas; ella sabía que Elegguá haría que Alfonso padeciera lo que la había hecho padecer a ella. Y sus plegarias yoruba habían llevado al blanco a su locura. Los otros diecisiete esclavos sabían lo que la matrona estaba tramando. Y es que era ella la verdadera lidereza de la finca. Su apodo fue dado no por Alfonso, sino por los mismos negros y adoptado por el propietario. Era a ella a quienes las negritudes seguían y la idea de asesinar a Alfonso y refugiarse en Palenque fue de ella misma.

Un cuerpo desnudo, colgado de una soga en su cuello desde el techo, fue lo que quedó de Alfonso. Cuando los dieciocho negros lo vieron, lo único que resaltaba eran sus pies mal cosidos, con un único dedo pulgar. Un par estaban horrorizadas. Otra se echó a reir; risa que fue lo suficientemente pegajosa como para envolver a tres esclavos en carcajadas. Finalmente, diecisiete -exceptuando a la matrona- estaban ahogándose de risa. La muerte de un esclavista suponía la emancipación de quienes fueron privados, por su piel, de la libertad.

Amores patológicos

—Eeh… ¡hola, mi amor!

¡A que no adivinas quién me llamó! ¿Te acuerdas de Teresa, mi amiga de la universidad? Bueno, pues ella estaba viviendo en Copenhagen y hace como un mes volvió a Colombia. ¡Estamos que nos vemos! pero ella quiere salir a rumbear y yo sé a que a ti no te gusta que yo salga…

Me preguntaba si por esta vez me dejarías ir. Mira que llevamos casados siete años… y yo te amo y soy solo tuya. Yo sé que pasaste malos ratos con tus ex novias porque abrían muy fácil las piernas, pero yo soy diferente, mi amor… yo te amo y jamás me entregaría a otro hombre. Confía en mí, ¿sí?

Y yo vuelvo temprano. ¡A las 2 ya estoy aquí en la casa! Llevo el celular cargado y te respondo apenas me escribas. Voy a estar con Teresa y con Érika… la que tú decías que se vestía como puta, ¡ja, ja, ja! ¿recuerdas? ¿Que me la pasaba con ella de arriba para abajo? Bueno, pues ella trabaja disque en una ONG y tal y como que el marido la va a dejar ir a la fiesta.

Yo te diría que vinieras conmigo, pero como sé que no te gusta… además debes estar cansado. ¿Sí te gustó la comida que te hice? La hice con toooodo amor, mi amor. Pero no quiero desviarme del tema. ¿Entonces qué piensas? Igual si me dices que no yo no voy… pero piénsalo. ¿Sí, papi? Es por esta vez que te lo estoy pidiendo, que hace rato no las veo y sería bonito.

Yo no tomo… les digo que tengo que conducir o cualquier cosa y no tomo. Igual tú sabes que a mí no me gusta la cerveza. La universidad era otra época… ahora usted me da todo lo que quiero y por eso lo amo. No me tomo ni una pola, ¿sí?

Y de hecho, si estás de humor, cuando llegue te doy unos besitos por todo el cuerp…

—Usted sí es bien puta, ¿no, Marilyn? ¿Me lo va a mamar para que le deje ir a tirar con otros manes? Qué tal la irrespetuosa esta. Uno dándole una vida cómoda para que le salga puta… ¡Es que esprr…re y verá! ¡MARILYN, NO CORRA CUANDO LE HABLO! ¡MARILYN, SALGA YA DE ESE HIJUEPUTA BAÑO!

—¡Ay… pero no me pegue, mi amor! Yo no voy pero no me pegue, no me pegue mi amor. ¡Yo lo amo!

«Amor romántico,
amor patológico.
Una sociedad enferma no merece doctor.
Que le pasen una silla, una cuerda y le den un empujón».

Paludismo, delirios y fuego

Mis noches son un despertar y dormir continuos, marcadas de delirios, sueños reales y visiones falsas.

2:02 am. Suena una alarma. O no. Sonó una alarma en mi pesadilla. ¿Acaso sigo soñando o estoy despierto? De hecho no sé la diferencia entre ambas cosas… y menos esta noche. Creo que no fue una alarma. Fueron las campañas de una iglesia. ¿Qué iglesia queda cerca a mi casa? ¿Dónde es que estoy? Esto no tiene sentido. Estoy en el medio de la nada. En la jungla no hay iglesias, o por lo menos no iglesias humanas. No entiendo nada. Cierro los ojos. Necesito abrirlos.

Cuando levanto los párpados, en el corto tiempo que demoro en abrir mis ojos, siento que soy otra persona, o por lo menos otro ser corpóreo; un demonio que me posee con párpados gordos, fornidos, con arrugas y piel dura, gruesa, y con pestañas de algo parecido al hueso, pero levemente más delgadas. Al abrir los ojos me doy cuenta que Dios no existe, que es un farsante, que todo es una mentira. Este mundo es producto del Diablo, a lo igual que la música, la literatura, el arte, las humanidades, la ciencia: el conocimiento. Él nos quiso libres, mientras Dios nos creó ignorantes. En la manzana del árbol prohibido no encontramos pecado, ni sacrificio, sino sabiduría.

La oscuridad se apodera de mí en esta noche sin precedentes. Mi visión está cada vez más debilitada por las sombras. Son sombras cada vez más borrosas, más oscuras y, por más que intento, no puedo ver mis manos, ni mi nariz, ni mi vida. Sólo veo oscuridad, delirio y muerte.

De pronto, muy a lo lejos, denoto un montón de algo; otro ser corpóreo parado con ojos brillantes que me mira, que no deja de mirarme y que se ríe. Pronto me percato que no está tan lejos, que de hecho está ahí, al frente de la puerta de mi habitación, con una sonrisa macabra y unos dientes afilados. No logro distinguir si me sonríe o se está riendo, o se está burlando de mí. Me compongo. Le sonrío también. Levanto mi mano derecha con las únicas fuerzas que tengo; me pesa mucho el cuerpo, tanto que no puedo moverme… ni gritar. Mi garganta se siente asfixiada por una mano que no existe. Cuando mi mano está entre la mirada de ese ser y la mía, levanto mi dedo del medio. No te tengo miedo, asquerosa criatura.

En ese momento, tengo un frenético momento de cordura, y me veo a mí mismo, acostado en la cama, con la mano levantada sonriéndole a la puerta, sin nada ahí. Me desmorono. Estoy volviéndome loco. Bajo la mano con pena y me acuesto boca arriba. Aun mis ojos, así estén cerrados, siguen detallando cada parte del cuerpo de la criatura que me miraba, o por lo menos que creí que me miraba. Pronto me vuelve a invadir la oscuridad; la neblina negra que es cada vez más oscura y más pesada. Duro un par de segundos en percatarme que tengo los ojos cerrados. Al abrirlos vuelvo a sentir que no soy yo, que soy otra persona, esta vez un ser humano común y corriente, pero distinto a mí. En esas milésimas de segundo siento el cuerpo de otra persona conmigo adentro. Y cada segundo es más difícil distinguir entre la verdad y el delirio. Llevo mi mano izquierda a mi frente. Sólo al tocarla me doy cuenta que estoy empapado en sudor. También me percato que estoy anormalmente caliente: tengo fiebre. Los delirios se acentúan. Mi cama está ardiendo en fuego. ¡El Diablo ha venido por mí! El Diablo quiere devuelva al demonio que me tiene poseído. El Diablo sabe hacer sus cosas sin que Dios se dé cuenta. A lo lejos escucho sonidos repetitivos de caricaturas animadas. Son dos o tres segundos de caricaturas animadas que se repiten una vez tras otra, sin parar, mientras mi cama se quema, mientras mi frente se quema. Por un momento puedo ver el vapor que sale de mi cara y en el vapor veo la silueta de mi rostro gritando o llorando, no lo detallo lo suficiente. Trato de mover mis piernas o mis brazos, pero es imposible. Tengo que pedir ayuda.

De un momento a otro, un segundo momento de cordura se apodera de mí. Veo el techo de madera de mi habitación. Siento las puntas de mis dedos tan lúcidamente como siento las gotas de sudor entrar a mi oído. Aun no he terminado la noche, pero tampoco la noche ha terminado conmigo.

Se alumbra el celular. ¡Puedo pedir auxilio! Lanzo mi mano hacia él y muy pronto me doy cuenta de lo lejos que está. Debo mover mi cuerpo. Es imposible. Recuerdo que mi celular puede desbloquearse con un comando de voz y comienzo a gritarlo con desesperación. ¡Hola, Sara! ¡Hola, Sara! ¡Hola, Sara! Tres gritos son suficientes para entender que lo que estoy haciendo no tiene sentido: mi celular nunca tuvo configurado un comando de voz. Y Sara, que se encuentra a miles de kilómetros de donde estoy, no podrá escuchar mis saludos.

2:58 am. Esa es la hora aproximada en la que falleció mi cuerpo, o por lo menos esa es la hora que anuncian los médicos. Fiebre. Aun no reconozco la realidad de la ficción. Estoy muerto, lo sé. Ya es de día y el sol no me molesta la vista, el cuerpo no siente hambre ni la boca sed. Quiero comer sin hambre; quiero beber sin sed; quiero volver a estar vivo y sentir, por última vez, los placeres de la comida, el sexo y el amor. Sara me escribió a las 2:46. ¿Qué hubiera pasado si le respondía? ¿Qué me escribió? ¿Qué hago muerto si en vida aun me quedaba tanto por hacer? ¿En serio nadie urilizará mi cuerpo? ¡Pero si está sano! Quiero comer… quiero comer. Quiero comer sin hambre; quiero beber sin sed; quiero volver a la vida. Quiero decirle lo mucho que la quiero, que la extraño, que la necesito. ¡Búscame en la muerte, amada mía! ¡Búscame en el sol! Me quemo y no es por el fuego, sino por tu ausencia. No quiero vivir más esta muerte sin ti. ¡Muerte no es estar lejos de mi cuerpo, sino de tu corazón!