Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Muerte, no me olvides

Acaba conmigo, maldita muerte, que en tu nombre cualquiera se agasaja. Acaba conmigo, triste desamparada, que es contigo con quien quiero vivir. Vivir en un mundo de vivos es traumático para quienes respiramos muerte. Mas confieso en tu presencia y en la nada que representas, que en tu eterna oscuridad, tu vida consumada, está la gloria deseada de mi corta humanidad.

Sé insurrecta, sé libertina. Qué es mi libertad sin el anhelo de morir. ¡Morir, dicen, es el peor castigo! ¿Pero qué castigo será entregar el alma a la muerte y la carne a los gusanos? Castigo, más bien, es tener que respirar sin cesar, segundo tras segundo, en una vida de lustros, décadas y siglos. ¡Castigo tener que hacerlo mientras reímos, mientras lloramos, mientras amamos, mientras odiamos, mientras comemos, mientras nos comemos, mientras nos besamos, mientras nos mordemos! Castigo no es la muerte, sino la vida humana.

Y cómo me desamparas, oh, muerte bella. No me olvides. ¡Yo soy tu seguidor, y cada paso que doy es un paso hacia ti! Si me demoro espérame, que se me atravesó una vida entera. Tu hermana, la libertad, tiene una misión para mí. ¿Tú eres libre, muerte? ¿Segura que no confundiste libertad con libertinaje?

No te lleves a quienes tengo en el corazón. ¡Llévame a mí! Yo te deseo más que cualquier vivo, si es que eres deseable. Sé mi confidente, pues en tus oídos cósmicos encuentro paz. No dejes de seguir mi camino, pues si me pierdo en ti encontraré consuelo. Cada noche que duermo y no sueño seguramente estoy es soñando en ti, pues si la muerte es, es negra, como aquella conciencia infinita que descansa en la mente de cada humano.

Quiéreme, muerte, deséame, pues si hay amor entre nosotros, que sea recíproco. Dame un abrazo cuando nos veamos y por favor, que sea sin dolor, pues todo vestigio de sufrimiento me haría recordar ese fraude llamado vida. Tú eres infinita, tú estás antes que cualquier Dios. ¡Dile a la vida, que es finita y que siempre cesará, que el consuelo lo encuentre en la muerte, no en las sonrisas! Las sonrisas se acaban y hasta hay hijueputas que las hacen falsas. Tú, muerte, no puedes ser fingida. Y cualquier Jesucristo que lo intente será tachado por nosotros, tus seguidores, entre sonrisas sinceras y lágrimas que no salen de los ojos, sino del corazón.

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Distracciones

—No hay rastros de sangre, general.
—Pues hágalos, sargento.

—Te amo con toda mi vida.
—Y yo tus lentejas. Con toda mi vida.

—Odio menstruar.
—Es porque no vives en Siria.

—Jamás besaría a una negra.
—¿Ni a tu hermana?

—Mi amor por ti es lo más eterno que conozco.
—Y tú lo más blasfemo.

—Amo los camarones de mi tío.
—Mhmm… seguro esos camarones no te aman a ti.

—¿Crees en la violencia?
—Sí. Creo en las mentiras.

—Creo en Dios.
—Yo en tu sonrisa.

—¿A qué hora te despiertas?
—A ninguna. Me despierto cuando abren mis párpados.

—¿Estudias o trabajas?
—Vivo. Y lo hago respirando.

—Hueles a feo.
—Y tú a muerto.

—¿Dices mentiras?
—Sólo las necesarias.

—Eres un estrés.
—Son las consecuencias de respirar tu mismo aire.

—Uy, qué linda estás.
—Eso no es nada que un violador no me diga.

—Depílate.
—Lo hago si me dejas depilarte la aorta.

La vida es muy corta como para pintar los corazones de rojo.

Nueve

-He contagiado, matrona- dijo.

-¿Usted?- le replicó. -¿De que se habrá contagiado, mi señor?

-Me temo que he contagiado de locura. Es terminal.

-¿Pero qué me está diciendo?- contestó la matrona. -La locura es una enfermedad de viejitos. Y usted está muy joven.

-No estoy lo suficientemente joven. Usted no me entendería. Odio la autoridad y no hay mayor autoridad que el reloj. Usted legitimó absolutamente el tiempo y lo considera su dios. Se levanta cuando la hora le dice que son las seis, se acuesta cuando muestra las diez. Toma su tinto, desayuna, cocina, almuerza, descansa y todo se lo obedece a la hora. Yo rechazo toda autoridad. Aún aquella tan incuestionable como las manecillas. Y lo hago porque soy libre y porque entre más me alejo de esta categoría arbitraria de <<humanidad>>, más indomable me hago. Usted ya está domada, matrona, porque su piel es negra. Yo, por el contrario, soy libre… porque soy blanco y porque ninguna autoridad, excepto la de mi corazón, me dice qué hacer. Soy libre en tanto obedezco mi naturaleza.

-¿Y cuál es la naturaleza de una mujer negra como yo?

-No sé, la verdad. Lo que haya dentro de un cuerpo negro es desconocido para mí. De hecho hay quienes afirman que no tienen alma, siquiera. Yo no creo en eso. Debe haber alguna forma de redimir su ser. Lo averiguaré, antes de que esta locura se apodere de mi cuerpo. Y rece, matrona. A Changó o a la Virgen; me da igual. Pero rece.

-Yo rezo, mi señor. Rezo por usted.

Día tras día la misma conversación se repetía entre Alfonso y Cecilia Inés, con ciertas variaciones en los desvaríos del blanco. Día tras día, desde hace nueve, Alfonso usaba su cuchillo para desmembrar de sus pies un dedo. Se los cercenaba sagradamente a las 5:30 am, antes que Cecilia Inés se levantara. Los guardaba en un frasco que trataba de conservar frío en las madrugadas de Cartagena de Indias. Y no sabía por qué lo hacía. No tenía idea de por qué se había estado cortando los dedos de los pies hasta llegar a tener solo uno. Se lo preguntó una vez, después del tercer desmembramiento, pero su cuestionamiento se vio opacado por su incesante necesidad de exigirle el almuerzo a la matrona.

Era un hombre blanco, de baja estatura, con ojos verdes casi, casi que fluorescentes. Solía caminar como acercándose a su presa, asemejándose a una pantera. Ya, con nueve dedos menos, caminar se tornaba imposible sin la ayuda de un par de muletas improvisadas. <<He contagiado>>, pensaba cada quince minutos durante todo el día, durante todos los días desde el primero, en el que se cortó el dedo meñique del pie derecho. Luego siguió con el de al lado y así hasta que ahora sólo le quedaba el pulgar del pie izquierdo. Luego de meditar todo el día acerca de la enfermedad que lo aquejaba, cinco minutos antes de las diez iba donde Cecilia Inés y le contaba su terrible conclusión: había contagido. Lo mismo lo había hecho ya nueve veces y la negra, alta, rechoncha y fortachona, le respondía siempre lo mismo: que era muy joven para contagiar de locura.

El primer día le respondió que <<las enfermedades no distinguen edad>>; el segundo que <<la locura no es una enfermedad>>; el tercero que <<los contagios sólo le dan a la gente pobre>>; el cuarto que <<tuviera cuidado, que no quería contagiarla>> y así, hasta que la reflexión número nueve fue que él <<es suficientemente libre como para zafarse del tiempo>>.

<<Rezo por usted>>, le respondía Cecilia Inés con una sonrisa oculta en su cara. La esclava odiaba a su propietario. <<Blanco asqueroso>>, se repetía mientras trabajaba para él. Cecilia Inés no estaba para ser esclava. Cecilia Inés no debería estar limpiándole la ropa interior cagada a un blanco. Cecilia Inés había pasado por mucho como para que en pleno año de 1781 le dijeran qué hacer. Ella conocía el poder de los cuerpos muertos; del mundo al que transitaban las almas; ella sabía que Elegguá haría que Alfonso padeciera lo que la había hecho padecer a ella. Y sus plegarias yoruba habían llevado al blanco a su locura. Los otros diecisiete esclavos sabían lo que la matrona estaba tramando. Y es que era ella la verdadera lidereza de la finca. Su apodo fue dado no por Alfonso, sino por los mismos negros y adoptado por el propietario. Era a ella a quienes las negritudes seguían y la idea de asesinar a Alfonso y refugiarse en Palenque fue de ella misma.

Un cuerpo desnudo, colgado de una soga en su cuello desde el techo, fue lo que quedó de Alfonso. Cuando los dieciocho negros lo vieron, lo único que resaltaba eran sus pies mal cosidos, con un único dedo pulgar. Un par estaban horrorizadas. Otra se echó a reir; risa que fue lo suficientemente pegajosa como para envolver a tres esclavos en carcajadas. Finalmente, diecisiete -exceptuando a la matrona- estaban ahogándose de risa. La muerte de un esclavista suponía la emancipación de quienes fueron privados, por su piel, de la libertad.

Amores patológicos

—Eeh… ¡hola, mi amor!

¡A que no adivinas quién me llamó! ¿Te acuerdas de Teresa, mi amiga de la universidad? Bueno, pues ella estaba viviendo en Copenhagen y hace como un mes volvió a Colombia. ¡Estamos que nos vemos! pero ella quiere salir a rumbear y yo sé a que a ti no te gusta que yo salga…

Me preguntaba si por esta vez me dejarías ir. Mira que llevamos casados siete años… y yo te amo y soy solo tuya. Yo sé que pasaste malos ratos con tus ex novias porque abrían muy fácil las piernas, pero yo soy diferente, mi amor… yo te amo y jamás me entregaría a otro hombre. Confía en mí, ¿sí?

Y yo vuelvo temprano. ¡A las 2 ya estoy aquí en la casa! Llevo el celular cargado y te respondo apenas me escribas. Voy a estar con Teresa y con Érika… la que tú decías que se vestía como puta, ¡ja, ja, ja! ¿recuerdas? ¿Que me la pasaba con ella de arriba para abajo? Bueno, pues ella trabaja disque en una ONG y tal y como que el marido la va a dejar ir a la fiesta.

Yo te diría que vinieras conmigo, pero como sé que no te gusta… además debes estar cansado. ¿Sí te gustó la comida que te hice? La hice con toooodo amor, mi amor. Pero no quiero desviarme del tema. ¿Entonces qué piensas? Igual si me dices que no yo no voy… pero piénsalo. ¿Sí, papi? Es por esta vez que te lo estoy pidiendo, que hace rato no las veo y sería bonito.

Yo no tomo… les digo que tengo que conducir o cualquier cosa y no tomo. Igual tú sabes que a mí no me gusta la cerveza. La universidad era otra época… ahora usted me da todo lo que quiero y por eso lo amo. No me tomo ni una pola, ¿sí?

Y de hecho, si estás de humor, cuando llegue te doy unos besitos por todo el cuerp…

—Usted sí es bien puta, ¿no, Marilyn? ¿Me lo va a mamar para que le deje ir a tirar con otros manes? Qué tal la irrespetuosa esta. Uno dándole una vida cómoda para que le salga puta… ¡Es que esprr…re y verá! ¡MARILYN, NO CORRA CUANDO LE HABLO! ¡MARILYN, SALGA YA DE ESE HIJUEPUTA BAÑO!

—¡Ay… pero no me pegue, mi amor! Yo no voy pero no me pegue, no me pegue mi amor. ¡Yo lo amo!

«Amor romántico,
amor patológico.
Una sociedad enferma no merece doctor.
Que le pasen una silla, una cuerda y le den un empujón».

Paludismo, delirios y fuego

Mis noches son un despertar y dormir continuos, marcadas de delirios, sueños reales y visiones falsas.

2:02 am. Suena una alarma. O no. Sonó una alarma en mi pesadilla. ¿Acaso sigo soñando o estoy despierto? De hecho no sé la diferencia entre ambas cosas… y menos esta noche. Creo que no fue una alarma. Fueron las campañas de una iglesia. ¿Qué iglesia queda cerca a mi casa? ¿Dónde es que estoy? Esto no tiene sentido. Estoy en el medio de la nada. En la jungla no hay iglesias, o por lo menos no iglesias humanas. No entiendo nada. Cierro los ojos. Necesito abrirlos.

Cuando levanto los párpados, en el corto tiempo que demoro en abrir mis ojos, siento que soy otra persona, o por lo menos otro ser corpóreo; un demonio que me posee con párpados gordos, fornidos, con arrugas y piel dura, gruesa, y con pestañas de algo parecido al hueso, pero levemente más delgadas. Al abrir los ojos me doy cuenta que Dios no existe, que es un farsante, que todo es una mentira. Este mundo es producto del Diablo, a lo igual que la música, la literatura, el arte, las humanidades, la ciencia: el conocimiento. Él nos quiso libres, mientras Dios nos creó ignorantes. En la manzana del árbol prohibido no encontramos pecado, ni sacrificio, sino sabiduría.

La oscuridad se apodera de mí en esta noche sin precedentes. Mi visión está cada vez más debilitada por las sombras. Son sombras cada vez más borrosas, más oscuras y, por más que intento, no puedo ver mis manos, ni mi nariz, ni mi vida. Sólo veo oscuridad, delirio y muerte.

De pronto, muy a lo lejos, denoto un montón de algo; otro ser corpóreo parado con ojos brillantes que me mira, que no deja de mirarme y que se ríe. Pronto me percato que no está tan lejos, que de hecho está ahí, al frente de la puerta de mi habitación, con una sonrisa macabra y unos dientes afilados. No logro distinguir si me sonríe o se está riendo, o se está burlando de mí. Me compongo. Le sonrío también. Levanto mi mano derecha con las únicas fuerzas que tengo; me pesa mucho el cuerpo, tanto que no puedo moverme… ni gritar. Mi garganta se siente asfixiada por una mano que no existe. Cuando mi mano está entre la mirada de ese ser y la mía, levanto mi dedo del medio. No te tengo miedo, asquerosa criatura.

En ese momento, tengo un frenético momento de cordura, y me veo a mí mismo, acostado en la cama, con la mano levantada sonriéndole a la puerta, sin nada ahí. Me desmorono. Estoy volviéndome loco. Bajo la mano con pena y me acuesto boca arriba. Aun mis ojos, así estén cerrados, siguen detallando cada parte del cuerpo de la criatura que me miraba, o por lo menos que creí que me miraba. Pronto me vuelve a invadir la oscuridad; la neblina negra que es cada vez más oscura y más pesada. Duro un par de segundos en percatarme que tengo los ojos cerrados. Al abrirlos vuelvo a sentir que no soy yo, que soy otra persona, esta vez un ser humano común y corriente, pero distinto a mí. En esas milésimas de segundo siento el cuerpo de otra persona conmigo adentro. Y cada segundo es más difícil distinguir entre la verdad y el delirio. Llevo mi mano izquierda a mi frente. Sólo al tocarla me doy cuenta que estoy empapado en sudor. También me percato que estoy anormalmente caliente: tengo fiebre. Los delirios se acentúan. Mi cama está ardiendo en fuego. ¡El Diablo ha venido por mí! El Diablo quiere devuelva al demonio que me tiene poseído. El Diablo sabe hacer sus cosas sin que Dios se dé cuenta. A lo lejos escucho sonidos repetitivos de caricaturas animadas. Son dos o tres segundos de caricaturas animadas que se repiten una vez tras otra, sin parar, mientras mi cama se quema, mientras mi frente se quema. Por un momento puedo ver el vapor que sale de mi cara y en el vapor veo la silueta de mi rostro gritando o llorando, no lo detallo lo suficiente. Trato de mover mis piernas o mis brazos, pero es imposible. Tengo que pedir ayuda.

De un momento a otro, un segundo momento de cordura se apodera de mí. Veo el techo de madera de mi habitación. Siento las puntas de mis dedos tan lúcidamente como siento las gotas de sudor entrar a mi oído. Aun no he terminado la noche, pero tampoco la noche ha terminado conmigo.

Se alumbra el celular. ¡Puedo pedir auxilio! Lanzo mi mano hacia él y muy pronto me doy cuenta de lo lejos que está. Debo mover mi cuerpo. Es imposible. Recuerdo que mi celular puede desbloquearse con un comando de voz y comienzo a gritarlo con desesperación. ¡Hola, Sara! ¡Hola, Sara! ¡Hola, Sara! Tres gritos son suficientes para entender que lo que estoy haciendo no tiene sentido: mi celular nunca tuvo configurado un comando de voz. Y Sara, que se encuentra a miles de kilómetros de donde estoy, no podrá escuchar mis saludos.

2:58 am. Esa es la hora aproximada en la que falleció mi cuerpo, o por lo menos esa es la hora que anuncian los médicos. Fiebre. Aun no reconozco la realidad de la ficción. Estoy muerto, lo sé. Ya es de día y el sol no me molesta la vista, el cuerpo no siente hambre ni la boca sed. Quiero comer sin hambre; quiero beber sin sed; quiero volver a estar vivo y sentir, por última vez, los placeres de la comida, el sexo y el amor. Sara me escribió a las 2:46. ¿Qué hubiera pasado si le respondía? ¿Qué me escribió? ¿Qué hago muerto si en vida aun me quedaba tanto por hacer? ¿En serio nadie urilizará mi cuerpo? ¡Pero si está sano! Quiero comer… quiero comer. Quiero comer sin hambre; quiero beber sin sed; quiero volver a la vida. Quiero decirle lo mucho que la quiero, que la extraño, que la necesito. ¡Búscame en la muerte, amada mía! ¡Búscame en el sol! Me quemo y no es por el fuego, sino por tu ausencia. No quiero vivir más esta muerte sin ti. ¡Muerte no es estar lejos de mi cuerpo, sino de tu corazón!

Recuerdos centrales

Cuando uno ve la película Intensa-mente lo usual es cuestionarse muchas cosas. Yo me la he visto una vez en compañía de una psicóloga, y admito que analizar con ella la analogía que hacen del cerebro fue genial por un lado, pero perturbador por el otro. De hecho, la pregunta de qué situaciones de la vida habrán hecho que aparecieran los «recuerdos centrales» en nuestras cabezas no tiene una respuesta sencilla. Según la película, son aquellos recuerdos que marcan la personalidad, el temperamento y, en general, la conducta de la persona. Yo me lo pregunto y me traumatizo solo.Supongo que lo más fácil es hacer el ejercicio al revés: en vez de preguntarse por el recuerdo, preguntarse por qué es lo que regula nuestra conducta. Yo, por ejemplo, pienso primero en la música y luego en la política. Y del primero se me viene a la cabeza una imagen mía, a los dos o tres años, con una guitarra cantando “La culebrita”, de Carlos Vives. También recuerdo que en cuarto de primaria uno de mis mejores amigos me cuestionó muy casualmente con una pregunta que me quedó grabada para siempre: «¿qué le gusta más: el ska o el punk?». Yo, confieso, no conocía ninguno de los dos géneros. Ahora son mis géneros favoritos.

Respecto a la política… bueno, es algo más complicado. Quizás la culpa sea también de la música. Un niño de primaria oyendo bandas como Skalariak (de la izquierda marxista), Non Servium (banda skinhead atea, antifascista y revolucionaria), Ska-P (banda vendida de mierda), entre otras, no tendrá un resultado diferente a lo que soy. Además en segundo de primaria compré un disco de Mägo de Oz con un espíritu panteísta, pagano y anticatólico (Gaia II) que quedó impregnado para siempre en mí. Eso: la libertad que mis padres me dieron para escuchar lo que quisiera, buscar en internet lo que quisiera (sí, me masturbo desde los 11 años) y, en fin, leer lo que como joven me interesara, dejó en mí el germen de la política.

Les invito a que lo piensen. La vida es muy extraña y simplificarla de vez en cuando, tal y como lo hace Intensa-mente, quizás sea una herramienta para hallarnos a nosotros mismos. El mundo es muy grande y ni se diga el universo, pero más grande, oscuro y tenebroso es mirar hacia adentro. Nuestros miedos, nuestra felicidad, nuestra propia existencia… en definitiva, el sentido de nuestras vidas se encuentra justo allí, entre la piel y el alma. Desnudarnos para desarmarnos y armarnos para hacer el amor con la galaxia de nuestros corazones… he ahí la felicidad. Y si hubiera felicidad no lloraríamos con películas tan perversas como Intensa-mente.

El opio de los invertebrados

El amor es el opio de los invertebrados,

el afán de los gringos opulentos,

el delirio de los muertos

y la fantasía de los unicornios.

El amor es la dicha de los humildes,

el trauma de los enfermos

de codicia,

el catalizador de infartos,

el orgasmo del sexo,

pero entre amantes.

El amor es la bendición de la naturaleza,

la maldición de los dioses,

la fuerza del universo

y la cura contra el cáncer.

El amor es más fuerte que la bomba atómica,

más simple que una mosca,

es la antítesis de la razón

y, al mismo tiempo,

el amante de la cordura.

El amor es la fantasía más perversa

de los leones sin melena;

es la elocuencia de los tataretos;

Es la vida que se encuentra en la Muerte;

es el fósil de Jesucristo.

El amor es tu mano

en la mía,

mientras caminamos hacia el infinito

con duendes travestidos y elefantes maricones.

El amor es el café de tus ojos

encontrando cobijo

en el café de los míos.

El amor es la sustancia

a la que más temen los gringos.

Y mis brazos sobre tu cuerpo

representan mayor revolución

que un gobierno de monos tití

controlándonos desde la Casa Blanca.

Al son de la corbata

Vestidos de bata,
vestidos de corbata,
que acaba al imbécil que la ata
a su cuello.
Irreverente,
¡sereno!
costumbre endémica que asesina el deseo.
Sexo,
revolución,
en una cama inicia la misión
de acabar
con todo aquel
consumista inexperto que se deja pillar
en el que su actuar se puede evidenciar
la estupidez,
la descomposición
de un mundo atado al cuello
con corbatas,
con vestidos,
con collares…
su única intención fatal es esconder;
disimular
lo poco que les queda de vida;
lo poco que vivieron;
lo poco que hicieron bien;
lo poco que fueron a misa
o lo mucho que fueron a misa.
Disimular, en todo caso,
que nunca estuvieron vivos,
que son una mentira,
igual que su dios,
que no son más que títeres
maquinados por un sistema,
también títere,
en el que quienes no llevamos corbata
estamos locos.

Harto del cansancio

Hay quienes aseguran que el peor sentimiento que un ser humano puede tener es el de ser engañado por otro. ¿Por qué siempre lo peor y lo mejor tiene que ver con un tercero? ¿Qué sentido tiene? Para mí el peor sentimiento es el cansancio; siempre tan propio, siempre tan de uno. El cansancio no se puede compartir, mientras que el ser hijueputa sí. El peor sentimiento, además del más egoísta, es el cansancio.

Estar cansado de algo o de alguien… eso sí es el infierno. Aún más si no queremos estarlo, o si no es lo que necesitamos. Yo creo que la gente que se cansa de la vida no lo hace por gusto, sino porque las condiciones fueron propicias para que aquello se diera. El cansancio es en esencia trágico, en cuanto que a nadie se le ocurriría estar feliz por estar cansado. El cansancio es lo que mata a los ancianos, suicida a los suicidas y corrompe a las almas.

Estoy cansado… en especial de este disfraz podrido y anémico que me identifica como ser humano. Estoy contagiado de desesperanza, que no trae consigo más sino eso: cansancio. Estoy cansado de las drogas: de la marihuana, de la Coca-Cola, del Ensure. Cansado de las ideas, así como de las almohadas. Hasta mis sueños me aburren. Cuando me levanto no lo hago por más sino porque me aburre dormir. Me cansa hasta descansar, por más irreverente que suene.

Me cansa levantarme y me cansa despertarme; me cansa el ruido y el silencio; me cansa la oscuridad de una sombra en un día brillante y el brillo de un bombillo en la noche más sombría; me cansan los contrastes; me cansa lo monótono y lo repentino; me canso de correr tanto como me cansa caminar.

Convivir con eso es bárbaro. Quizás ciertas cosas devuelven la esperanza: la libertad o el amor. Ahora: ambas nacen en la relación con el otro… ninguna es egoísta. De uno mismo sólo se pueden esperar cuatro cosas: hambre, sed, orines y mierda. De las demás hay un par de cosas más. Quizás, sólo quizás, no está en uno quitarse el propio cansancio, sino en las demás personas. Es paradójico, pero si este mundo fuera más coherente, ya todos nos habríamos pegado un tiro en la sien.

Hacerte el amor

Estabas tan sola en tu casa… tan sola y tan calladita en tu casa mientras la guitarra parlante de Hendrix se escuchaba por tu equipo de sonido, que no aguanté las ganas de escribirte.

—¿Estás sola?

Y esas dos palabras… tan tenaces, tan polisémicas, tan ambiguas pero por encima de todo lo anterior, tan directas, tuvieron la respuesta que estaba esperando, o por lo menos lo que mi Eros esperaba.

—Lo estoy, y estoy esperándote.

Y en mi mente recordé tus ojos picarones; tu sonrisa irónica; tus mejillas pomposas; tu mentón; tu cuello tan limpio, tan puro pero tan delicioso; tus hombros tan vírgenes y serenos; tus manos; tus senos… tus pezones, en especial. Recordé otra vez tu sonrisa, que más que cualquier otra cosa de tu cuerpo me decía, como en lenguaje de señas, que estabas esperando por mí. Y decidí ir.

La puerta de mi casa no quería abrir; cuando abrió no quería cerrar. Saqué las llaves del candado de la bicicleta para abrir el carro; tuve que devolverme a cambiarlas. Me tiemblan las manos, la puta llave del carro no quiere caber en la cerradura. Por fin entra. Arrancar se torna una pesadilla. Entre mi corazón golpeándome el pecho con odio, las mariposas de mi estómago ahogándose por el calor de mi sangre y la erección de mi pantalón, que el carro ande resulta ser una tarea imposible.

Por fin arranco. Todavía se me dificulta coordinar los cambios. Las luces de los demás vehículos me dejan ciego. No encuentro el momento de llegar a tu casa, tomarte del cuello y morderte el labio, hasta que sangre o peor, hasta que gimas. No puedo dejar de pensar en comerte cada parte de tu cuello, mientras mis manos juegan con tus senos como si buscaran sujetar la última esperanza. Quiero llegar ya para tenerte al frente, sonreírte tal y como tú lo haces y sin pronunciar palabra alguna, hacerte el amor.

Estoy a una cuadra, a una cuadra de llegar a tu apartamento. Todo se nubla en mi cabeza; mis pensamientos me ahogan. Quiero salir ya de este puto carro. Quiero salir corriendo mientras tiro mi ropa por el camino. Esta mierda va muy lento. Quiero llegar. Quiero llegar. Y cuando llegue, me voy a vengar, porque si dios estuviera en mi lugar, él también te enviaría al infierno.

Subo por las escaleras. Tontamente supuse que por ellas llegaría más rápido que en el ascensor. Me da igual. Quiero llegar. De pronto se me vino a la mente tu cuerpo, desnudo y mojado, tan puro, al frente mío. No me puedo quitar tu sonrisa de la cabeza. Me tienes mal. Me tienes mal. No me importa. Te haré el amor hasta que no podamos movernos; hasta que nuestros cuerpos sean uno solo; hasta que tus gritos despierten a todo el edificio. No me importa. Es más, haré que mis uñas te tatúen la espalda mientras estás boca abajo en tu cama, conmigo encima. Y por cada pico que me has dado en el tiempo que ha durado nuestra travesía, por cada uno te haré un rasguño. Y tu sangre, que siempre ha sido más bella, más inquieta y más roja que la mía, se confundirá con el rojo del amor; con el rojo que escurre siempre ante un flechazo del hijueputa Cupido.

Llegué a tu piso. Ya ni recuerdo cuál de las puertas es la tuya. No me importa. Por mi golpearía cada una hasta que me abrieras tú o alguien idéntico a ti. Me tomo cinco segundos para pensar. Es esa. Esa es la puerta. La toco, la golpeo como un loco desquiciado, hasta que abres tú, desnuda, y te hice el amor hasta que nos volvimos una nada, puesto que es en la nada donde seremos nosotros lo más valioso.