Rincón del surreal

Escritos sobre la vida, la no-vida. Artículos de vaga filosofía.

Noche negra

Hoy es la noche más negra del año. Cierra los ojos y lo verás. Hoy cierro mis ojos y no hay nubes, ni estrellas, ni pensamientos ajenos a lo que por horas, días y meses he tratado de evitar. Me pregunto: ¿por qué en esta noche mi única compañía son tus ojos imposibles? Bajo esta luna que siento tan mía, una reflexión carecería de sentido si ignoro el recuerdo de tus ojos. En mi cabeza el único cuadro que consigo ver es aquel en el que dos faroles cafés me miran, me desnudan y me encandelillan. Y el verte y el sentirte y el extrañarte y acariciar este mundo envuelto en agonía y padecer las pesadillas y el hacer de tus ojos mi enemigo… todo es una experiencia que me recuerda que soy humano, que la vida es melancolía y que el mundo se mueve por amor; que no hay motor tecnológico o moral que trabaje mejor que la fuerza de los corazones; que en tu mirada, ayer admirada, hoy odiada pero mañana recordada con nostalgia, encuentro el sentido de la vida y de la lucha, pues es en tu mirada, aquella imposible, extraña e inocente, que me percato que esta noche tan negra no se diferencia de los días más calurosos.

No cae lluvia, pues en noches negras hay más nada que vida. No caen truenos diferentes a tus ojos. No caen sonrisas, ni recuerdos, ni caobos. No cae ni cabe tristeza. Melancolía fatal. La vida, llena de sorpresas, encuentra su camino bajo dos amantes. Hoy el sol fastidia. Hoy la luna se esconde. Hoy solo hay dos ojos, que en el universo de mis ojos no dejan de mirarme. Hoy mi noche es oscura no por la ausencia de luz, sino por la presencia de tu mirada.

No me malinterpretes. Negra es mi alma, como negra es esta noche. Y negra es mi utopía, como negra es la música. No hay arco iris más colorido que esta noche negra. Negra y café, quiero decir. Melancolía no es tristeza, sino tranquilidad. Y lo sereno nunca viene acompañado del día. Serenidad. Noches negras y tus ojos café, en los que me veo y me reencuentro. Noches vacías con un fondo de aves. Noches lejos de casa, de verdad.

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Corazón, sé libre

Hola, corazón.

Sé lo que piensas, lo siento en mi pecho. Sé lo que te carcome por dentro, lo que no te deja palpitar tranquilo. Creo que lo entiendo. Yo me siento igual, yo estoy conectado a ti.

Sé que estás partido, que no paras de sangrar. Sé que te duele, que sufres, que el solo intento de coser la herida es peor que el mismo dolor. Yo te entiendo. La vida no es color de rosa, sino una gama infinita de colores. Y cada color te hace sentir peculiar. ¿Qué color ves, corazón? ¿Ves el mismo que veo?

Sé paciente. No palpites más de una vez por segundo. Ve con el tiempo, que él no se cansa. Si no quieres que te cosa, deja que la herida cicatrice. Ve al compás de las manecillas. Resucita, corazón, que te necesito. Sé alegre, sé feliz, sé fuego. Quememos todo juntos, hasta los recuerdos. De las cenizas construiremos un mundo nuevo, o por lo menos un «yo» nuevo. No te dejes contaminar. Nuestro cuerpo es templo sagrado; profano y blasfemo, pero sagrado por lo animal, sagrado por lo humano.

No desfallezcas. No dejes de latir. Ni por el putas. Tú más que nadie sabe lo que sucede. Si no ves bien, usa gafas. El camino es mucho más claro que lo que parece. Sólo sigámoslo. ¡No, no pienses en los árboles a tu alrededor, sólo sigue! No vas solo, pues yo te acompaño. Yo y los arbustos, las raíces, los gusanos, las piedras, las ardillas, las palomas, las plantas y hasta el viento. Vamos de la mano. ¡Las venas solo son raíces del corazón!

Siente todo a tu paso. Conéctate. Respira. Mira cómo lo hacen mis pulmones; únete a ellos. El aire te oxigena, así no lo creas. Piensa en los ríos, en las montañas, en los valles, en los atardeceres. Piensa en la lluvia. ¡No, no! Concéntrate. Sólo en la lluvia. Piensa en las gotas, en el pedacito de vida que hay en cada gota. No pienses en el hambre, no pienses en la sed. Olvida el digestivo. Sólo somos aire y agua. Movimiento. Energía. Existimos hace millones de años, existimos ahora. Si el agua golpea contra las rocas y el aire contra las montañas, nosotros golpearemos contra el mundo y lo haremos retroceder. Somos uno. Somos dos. Somos todo lo que queramos ser. Somos libres, por encima de todo. Sólo seamos; vivamos sin pensar. Que mi mente me perdone, pero no la necesitamos. Corazón y yo, nadie más. Nadie nos desconcentra, nadie nos quita el sueño. Sé lo que piensas. No lo hagas. Sé feliz, seamos felices, tú allá y yo acá. Luchemos juntos, así estemos separados. El universo es uno, ¿cómo sabes que no lo somos nosotros?

Corazón, sé fogata. Sé calor en mi pecho. No nos ha faltado nada, no nos faltará ahora. Tú y yo. Caliéntame, que estoy indefenso. Calienta mi esqueleto, mis tripas y mi alma. Te necesitamos más que nunca. Haz de tu dolor vida, como el parto de las leonas, las yeguas y las humanas. Danos la vida que pasa de a poco por mis ojos. En el universo no está la potestad de que yo siga acá, sino en ti. No dejes de latir, no dejes de luchar. Revoluciona mis venas, que yo a través de ellas cambiaré el mundo. Formemos raíces en esta tierra y que estén en todas partes. Nos necesitan. Nos envidian. Late con tal fuerza que mis labios no paren de sonreir. Sé vida, sé amor. Amor no es lo que te tiene herido, sino justamente lo que te tiene latiendo.

Corazón, sé libre. En la libertad encontrarás tu camino. No hay fronteras. No hay nada que lamentar. Encuentra tu camino, que yo te sigo. Encuentra tu camino, que hacía allá está la felicidad.

Muerte, no me olvides

Acaba conmigo, maldita muerte, que en tu nombre cualquiera se agasaja. Acaba conmigo, triste desamparada, que es contigo con quien quiero vivir. Vivir en un mundo de vivos es traumático para quienes respiramos muerte. Mas confieso en tu presencia y en la nada que representas, que en tu eterna oscuridad, tu vida consumada, está la gloria deseada de mi corta humanidad.

Sé insurrecta, sé libertina. Qué es mi libertad sin el anhelo de morir. ¡Morir, dicen, es el peor castigo! ¿Pero qué castigo será entregar el alma a la muerte y la carne a los gusanos? Castigo, más bien, es tener que respirar sin cesar, segundo tras segundo, en una vida de lustros, décadas y siglos. ¡Castigo tener que hacerlo mientras reímos, mientras lloramos, mientras amamos, mientras odiamos, mientras comemos, mientras nos comemos, mientras nos besamos, mientras nos mordemos! Castigo no es la muerte, sino la vida humana.

Y cómo me desamparas, oh, muerte bella. No me olvides. ¡Yo soy tu seguidor, y cada paso que doy es un paso hacia ti! Si me demoro espérame, que se me atravesó una vida entera. Tu hermana, la libertad, tiene una misión para mí. ¿Tú eres libre, muerte? ¿Segura que no confundiste libertad con libertinaje?

No te lleves a quienes tengo en el corazón. ¡Llévame a mí! Yo te deseo más que cualquier vivo, si es que eres deseable. Sé mi confidente, pues en tus oídos cósmicos encuentro paz. No dejes de seguir mi camino, pues si me pierdo en ti encontraré consuelo. Cada noche que duermo y no sueño seguramente estoy es soñando en ti, pues si la muerte es, es negra, como aquella conciencia infinita que descansa en la mente de cada humano.

Quiéreme, muerte, deséame, pues si hay amor entre nosotros, que sea recíproco. Dame un abrazo cuando nos veamos y por favor, que sea sin dolor, pues todo vestigio de sufrimiento me haría recordar ese fraude llamado vida. Tú eres infinita, tú estás antes que cualquier Dios. ¡Dile a la vida, que es finita y que siempre cesará, que el consuelo lo encuentre en la muerte, no en las sonrisas! Las sonrisas se acaban y hasta hay hijueputas que las hacen falsas. Tú, muerte, no puedes ser fingida. Y cualquier Jesucristo que lo intente será tachado por nosotros, tus seguidores, entre sonrisas sinceras y lágrimas que no salen de los ojos, sino del corazón.

Distracciones

—No hay rastros de sangre, general.
—Pues hágalos, sargento.

—Te amo con toda mi vida.
—Y yo tus lentejas. Con toda mi vida.

—Odio menstruar.
—Es porque no vives en Siria.

—Jamás besaría a una negra.
—¿Ni a tu hermana?

—Mi amor por ti es lo más eterno que conozco.
—Y tú lo más blasfemo.

—Amo los camarones de mi tío.
—Mhmm… seguro esos camarones no te aman a ti.

—¿Crees en la violencia?
—Sí. Creo en las mentiras.

—Creo en Dios.
—Yo en tu sonrisa.

—¿A qué hora te despiertas?
—A ninguna. Me despierto cuando abren mis párpados.

—¿Estudias o trabajas?
—Vivo. Y lo hago respirando.

—Hueles a feo.
—Y tú a muerto.

—¿Dices mentiras?
—Sólo las necesarias.

—Eres un estrés.
—Son las consecuencias de respirar tu mismo aire.

—Uy, qué linda estás.
—Eso no es nada que un violador no me diga.

—Depílate.
—Lo hago si me dejas depilarte la aorta.

La vida es muy corta como para pintar los corazones de rojo.

Nueve

-He contagiado, matrona- dijo.

-¿Usted?- le replicó. -¿De que se habrá contagiado, mi señor?

-Me temo que he contagiado de locura. Es terminal.

-¿Pero qué me está diciendo?- contestó la matrona. -La locura es una enfermedad de viejitos. Y usted está muy joven.

-No estoy lo suficientemente joven. Usted no me entendería. Odio la autoridad y no hay mayor autoridad que el reloj. Usted legitimó absolutamente el tiempo y lo considera su dios. Se levanta cuando la hora le dice que son las seis, se acuesta cuando muestra las diez. Toma su tinto, desayuna, cocina, almuerza, descansa y todo se lo obedece a la hora. Yo rechazo toda autoridad. Aún aquella tan incuestionable como las manecillas. Y lo hago porque soy libre y porque entre más me alejo de esta categoría arbitraria de <<humanidad>>, más indomable me hago. Usted ya está domada, matrona, porque su piel es negra. Yo, por el contrario, soy libre… porque soy blanco y porque ninguna autoridad, excepto la de mi corazón, me dice qué hacer. Soy libre en tanto obedezco mi naturaleza.

-¿Y cuál es la naturaleza de una mujer negra como yo?

-No sé, la verdad. Lo que haya dentro de un cuerpo negro es desconocido para mí. De hecho hay quienes afirman que no tienen alma, siquiera. Yo no creo en eso. Debe haber alguna forma de redimir su ser. Lo averiguaré, antes de que esta locura se apodere de mi cuerpo. Y rece, matrona. A Changó o a la Virgen; me da igual. Pero rece.

-Yo rezo, mi señor. Rezo por usted.

Día tras día la misma conversación se repetía entre Alfonso y Cecilia Inés, con ciertas variaciones en los desvaríos del blanco. Día tras día, desde hace nueve, Alfonso usaba su cuchillo para desmembrar de sus pies un dedo. Se los cercenaba sagradamente a las 5:30 am, antes que Cecilia Inés se levantara. Los guardaba en un frasco que trataba de conservar frío en las madrugadas de Cartagena de Indias. Y no sabía por qué lo hacía. No tenía idea de por qué se había estado cortando los dedos de los pies hasta llegar a tener solo uno. Se lo preguntó una vez, después del tercer desmembramiento, pero su cuestionamiento se vio opacado por su incesante necesidad de exigirle el almuerzo a la matrona.

Era un hombre blanco, de baja estatura, con ojos verdes casi, casi que fluorescentes. Solía caminar como acercándose a su presa, asemejándose a una pantera. Ya, con nueve dedos menos, caminar se tornaba imposible sin la ayuda de un par de muletas improvisadas. <<He contagiado>>, pensaba cada quince minutos durante todo el día, durante todos los días desde el primero, en el que se cortó el dedo meñique del pie derecho. Luego siguió con el de al lado y así hasta que ahora sólo le quedaba el pulgar del pie izquierdo. Luego de meditar todo el día acerca de la enfermedad que lo aquejaba, cinco minutos antes de las diez iba donde Cecilia Inés y le contaba su terrible conclusión: había contagido. Lo mismo lo había hecho ya nueve veces y la negra, alta, rechoncha y fortachona, le respondía siempre lo mismo: que era muy joven para contagiar de locura.

El primer día le respondió que <<las enfermedades no distinguen edad>>; el segundo que <<la locura no es una enfermedad>>; el tercero que <<los contagios sólo le dan a la gente pobre>>; el cuarto que <<tuviera cuidado, que no quería contagiarla>> y así, hasta que la reflexión número nueve fue que él <<es suficientemente libre como para zafarse del tiempo>>.

<<Rezo por usted>>, le respondía Cecilia Inés con una sonrisa oculta en su cara. La esclava odiaba a su propietario. <<Blanco asqueroso>>, se repetía mientras trabajaba para él. Cecilia Inés no estaba para ser esclava. Cecilia Inés no debería estar limpiándole la ropa interior cagada a un blanco. Cecilia Inés había pasado por mucho como para que en pleno año de 1781 le dijeran qué hacer. Ella conocía el poder de los cuerpos muertos; del mundo al que transitaban las almas; ella sabía que Elegguá haría que Alfonso padeciera lo que la había hecho padecer a ella. Y sus plegarias yoruba habían llevado al blanco a su locura. Los otros diecisiete esclavos sabían lo que la matrona estaba tramando. Y es que era ella la verdadera lidereza de la finca. Su apodo fue dado no por Alfonso, sino por los mismos negros y adoptado por el propietario. Era a ella a quienes las negritudes seguían y la idea de asesinar a Alfonso y refugiarse en Palenque fue de ella misma.

Un cuerpo desnudo, colgado de una soga en su cuello desde el techo, fue lo que quedó de Alfonso. Cuando los dieciocho negros lo vieron, lo único que resaltaba eran sus pies mal cosidos, con un único dedo pulgar. Un par estaban horrorizadas. Otra se echó a reir; risa que fue lo suficientemente pegajosa como para envolver a tres esclavos en carcajadas. Finalmente, diecisiete -exceptuando a la matrona- estaban ahogándose de risa. La muerte de un esclavista suponía la emancipación de quienes fueron privados, por su piel, de la libertad.

Amores patológicos

—Eeh… ¡hola, mi amor!

¡A que no adivinas quién me llamó! ¿Te acuerdas de Teresa, mi amiga de la universidad? Bueno, pues ella estaba viviendo en Copenhagen y hace como un mes volvió a Colombia. ¡Estamos que nos vemos! pero ella quiere salir a rumbear y yo sé a que a ti no te gusta que yo salga…

Me preguntaba si por esta vez me dejarías ir. Mira que llevamos casados siete años… y yo te amo y soy solo tuya. Yo sé que pasaste malos ratos con tus ex novias porque abrían muy fácil las piernas, pero yo soy diferente, mi amor… yo te amo y jamás me entregaría a otro hombre. Confía en mí, ¿sí?

Y yo vuelvo temprano. ¡A las 2 ya estoy aquí en la casa! Llevo el celular cargado y te respondo apenas me escribas. Voy a estar con Teresa y con Érika… la que tú decías que se vestía como puta, ¡ja, ja, ja! ¿recuerdas? ¿Que me la pasaba con ella de arriba para abajo? Bueno, pues ella trabaja disque en una ONG y tal y como que el marido la va a dejar ir a la fiesta.

Yo te diría que vinieras conmigo, pero como sé que no te gusta… además debes estar cansado. ¿Sí te gustó la comida que te hice? La hice con toooodo amor, mi amor. Pero no quiero desviarme del tema. ¿Entonces qué piensas? Igual si me dices que no yo no voy… pero piénsalo. ¿Sí, papi? Es por esta vez que te lo estoy pidiendo, que hace rato no las veo y sería bonito.

Yo no tomo… les digo que tengo que conducir o cualquier cosa y no tomo. Igual tú sabes que a mí no me gusta la cerveza. La universidad era otra época… ahora usted me da todo lo que quiero y por eso lo amo. No me tomo ni una pola, ¿sí?

Y de hecho, si estás de humor, cuando llegue te doy unos besitos por todo el cuerp…

—Usted sí es bien puta, ¿no, Marilyn? ¿Me lo va a mamar para que le deje ir a tirar con otros manes? Qué tal la irrespetuosa esta. Uno dándole una vida cómoda para que le salga puta… ¡Es que esprr…re y verá! ¡MARILYN, NO CORRA CUANDO LE HABLO! ¡MARILYN, SALGA YA DE ESE HIJUEPUTA BAÑO!

—¡Ay… pero no me pegue, mi amor! Yo no voy pero no me pegue, no me pegue mi amor. ¡Yo lo amo!

«Amor romántico,
amor patológico.
Una sociedad enferma no merece doctor.
Que le pasen una silla, una cuerda y le den un empujón».

Paludismo, delirios y fuego

Mis noches son un despertar y dormir continuos, marcadas de delirios, sueños reales y visiones falsas.

2:02 am. Suena una alarma. O no. Sonó una alarma en mi pesadilla. ¿Acaso sigo soñando o estoy despierto? De hecho no sé la diferencia entre ambas cosas… y menos esta noche. Creo que no fue una alarma. Fueron las campañas de una iglesia. ¿Qué iglesia queda cerca a mi casa? ¿Dónde es que estoy? Esto no tiene sentido. Estoy en el medio de la nada. En la jungla no hay iglesias, o por lo menos no iglesias humanas. No entiendo nada. Cierro los ojos. Necesito abrirlos.

Cuando levanto los párpados, en el corto tiempo que demoro en abrir mis ojos, siento que soy otra persona, o por lo menos otro ser corpóreo; un demonio que me posee con párpados gordos, fornidos, con arrugas y piel dura, gruesa, y con pestañas de algo parecido al hueso, pero levemente más delgadas. Al abrir los ojos me doy cuenta que Dios no existe, que es un farsante, que todo es una mentira. Este mundo es producto del Diablo, a lo igual que la música, la literatura, el arte, las humanidades, la ciencia: el conocimiento. Él nos quiso libres, mientras Dios nos creó ignorantes. En la manzana del árbol prohibido no encontramos pecado, ni sacrificio, sino sabiduría.

La oscuridad se apodera de mí en esta noche sin precedentes. Mi visión está cada vez más debilitada por las sombras. Son sombras cada vez más borrosas, más oscuras y, por más que intento, no puedo ver mis manos, ni mi nariz, ni mi vida. Sólo veo oscuridad, delirio y muerte.

De pronto, muy a lo lejos, denoto un montón de algo; otro ser corpóreo parado con ojos brillantes que me mira, que no deja de mirarme y que se ríe. Pronto me percato que no está tan lejos, que de hecho está ahí, al frente de la puerta de mi habitación, con una sonrisa macabra y unos dientes afilados. No logro distinguir si me sonríe o se está riendo, o se está burlando de mí. Me compongo. Le sonrío también. Levanto mi mano derecha con las únicas fuerzas que tengo; me pesa mucho el cuerpo, tanto que no puedo moverme… ni gritar. Mi garganta se siente asfixiada por una mano que no existe. Cuando mi mano está entre la mirada de ese ser y la mía, levanto mi dedo del medio. No te tengo miedo, asquerosa criatura.

En ese momento, tengo un frenético momento de cordura, y me veo a mí mismo, acostado en la cama, con la mano levantada sonriéndole a la puerta, sin nada ahí. Me desmorono. Estoy volviéndome loco. Bajo la mano con pena y me acuesto boca arriba. Aun mis ojos, así estén cerrados, siguen detallando cada parte del cuerpo de la criatura que me miraba, o por lo menos que creí que me miraba. Pronto me vuelve a invadir la oscuridad; la neblina negra que es cada vez más oscura y más pesada. Duro un par de segundos en percatarme que tengo los ojos cerrados. Al abrirlos vuelvo a sentir que no soy yo, que soy otra persona, esta vez un ser humano común y corriente, pero distinto a mí. En esas milésimas de segundo siento el cuerpo de otra persona conmigo adentro. Y cada segundo es más difícil distinguir entre la verdad y el delirio. Llevo mi mano izquierda a mi frente. Sólo al tocarla me doy cuenta que estoy empapado en sudor. También me percato que estoy anormalmente caliente: tengo fiebre. Los delirios se acentúan. Mi cama está ardiendo en fuego. ¡El Diablo ha venido por mí! El Diablo quiere devuelva al demonio que me tiene poseído. El Diablo sabe hacer sus cosas sin que Dios se dé cuenta. A lo lejos escucho sonidos repetitivos de caricaturas animadas. Son dos o tres segundos de caricaturas animadas que se repiten una vez tras otra, sin parar, mientras mi cama se quema, mientras mi frente se quema. Por un momento puedo ver el vapor que sale de mi cara y en el vapor veo la silueta de mi rostro gritando o llorando, no lo detallo lo suficiente. Trato de mover mis piernas o mis brazos, pero es imposible. Tengo que pedir ayuda.

De un momento a otro, un segundo momento de cordura se apodera de mí. Veo el techo de madera de mi habitación. Siento las puntas de mis dedos tan lúcidamente como siento las gotas de sudor entrar a mi oído. Aun no he terminado la noche, pero tampoco la noche ha terminado conmigo.

Se alumbra el celular. ¡Puedo pedir auxilio! Lanzo mi mano hacia él y muy pronto me doy cuenta de lo lejos que está. Debo mover mi cuerpo. Es imposible. Recuerdo que mi celular puede desbloquearse con un comando de voz y comienzo a gritarlo con desesperación. ¡Hola, Sara! ¡Hola, Sara! ¡Hola, Sara! Tres gritos son suficientes para entender que lo que estoy haciendo no tiene sentido: mi celular nunca tuvo configurado un comando de voz. Y Sara, que se encuentra a miles de kilómetros de donde estoy, no podrá escuchar mis saludos.

2:58 am. Esa es la hora aproximada en la que falleció mi cuerpo, o por lo menos esa es la hora que anuncian los médicos. Fiebre. Aun no reconozco la realidad de la ficción. Estoy muerto, lo sé. Ya es de día y el sol no me molesta la vista, el cuerpo no siente hambre ni la boca sed. Quiero comer sin hambre; quiero beber sin sed; quiero volver a estar vivo y sentir, por última vez, los placeres de la comida, el sexo y el amor. Sara me escribió a las 2:46. ¿Qué hubiera pasado si le respondía? ¿Qué me escribió? ¿Qué hago muerto si en vida aun me quedaba tanto por hacer? ¿En serio nadie urilizará mi cuerpo? ¡Pero si está sano! Quiero comer… quiero comer. Quiero comer sin hambre; quiero beber sin sed; quiero volver a la vida. Quiero decirle lo mucho que la quiero, que la extraño, que la necesito. ¡Búscame en la muerte, amada mía! ¡Búscame en el sol! Me quemo y no es por el fuego, sino por tu ausencia. No quiero vivir más esta muerte sin ti. ¡Muerte no es estar lejos de mi cuerpo, sino de tu corazón!

Recuerdos centrales

Cuando uno ve la película Intensa-mente lo usual es cuestionarse muchas cosas. Yo me la he visto una vez en compañía de una psicóloga, y admito que analizar con ella la analogía que hacen del cerebro fue genial por un lado, pero perturbador por el otro. De hecho, la pregunta de qué situaciones de la vida habrán hecho que aparecieran los «recuerdos centrales» en nuestras cabezas no tiene una respuesta sencilla. Según la película, son aquellos recuerdos que marcan la personalidad, el temperamento y, en general, la conducta de la persona. Yo me lo pregunto y me traumatizo solo.Supongo que lo más fácil es hacer el ejercicio al revés: en vez de preguntarse por el recuerdo, preguntarse por qué es lo que regula nuestra conducta. Yo, por ejemplo, pienso primero en la música y luego en la política. Y del primero se me viene a la cabeza una imagen mía, a los dos o tres años, con una guitarra cantando “La culebrita”, de Carlos Vives. También recuerdo que en cuarto de primaria uno de mis mejores amigos me cuestionó muy casualmente con una pregunta que me quedó grabada para siempre: «¿qué le gusta más: el ska o el punk?». Yo, confieso, no conocía ninguno de los dos géneros. Ahora son mis géneros favoritos.

Respecto a la política… bueno, es algo más complicado. Quizás la culpa sea también de la música. Un niño de primaria oyendo bandas como Skalariak (de la izquierda marxista), Non Servium (banda skinhead atea, antifascista y revolucionaria), Ska-P (banda vendida de mierda), entre otras, no tendrá un resultado diferente a lo que soy. Además en segundo de primaria compré un disco de Mägo de Oz con un espíritu panteísta, pagano y anticatólico (Gaia II) que quedó impregnado para siempre en mí. Eso: la libertad que mis padres me dieron para escuchar lo que quisiera, buscar en internet lo que quisiera (sí, me masturbo desde los 11 años) y, en fin, leer lo que como joven me interesara, dejó en mí el germen de la política.

Les invito a que lo piensen. La vida es muy extraña y simplificarla de vez en cuando, tal y como lo hace Intensa-mente, quizás sea una herramienta para hallarnos a nosotros mismos. El mundo es muy grande y ni se diga el universo, pero más grande, oscuro y tenebroso es mirar hacia adentro. Nuestros miedos, nuestra felicidad, nuestra propia existencia… en definitiva, el sentido de nuestras vidas se encuentra justo allí, entre la piel y el alma. Desnudarnos para desarmarnos y armarnos para hacer el amor con la galaxia de nuestros corazones… he ahí la felicidad. Y si hubiera felicidad no lloraríamos con películas tan perversas como Intensa-mente.

El opio de los invertebrados

El amor es el opio de los invertebrados,

el afán de los gringos opulentos,

el delirio de los muertos

y la fantasía de los unicornios.

El amor es la dicha de los humildes,

el trauma de los enfermos

de codicia,

el catalizador de infartos,

el orgasmo del sexo,

pero entre amantes.

El amor es la bendición de la naturaleza,

la maldición de los dioses,

la fuerza del universo

y la cura contra el cáncer.

El amor es más fuerte que la bomba atómica,

más simple que una mosca,

es la antítesis de la razón

y, al mismo tiempo,

el amante de la cordura.

El amor es la fantasía más perversa

de los leones sin melena;

es la elocuencia de los tataretos;

Es la vida que se encuentra en la Muerte;

es el fósil de Jesucristo.

El amor es tu mano

en la mía,

mientras caminamos hacia el infinito

con duendes travestidos y elefantes maricones.

El amor es el café de tus ojos

encontrando cobijo

en el café de los míos.

El amor es la sustancia

a la que más temen los gringos.

Y mis brazos sobre tu cuerpo

representan mayor revolución

que un gobierno de monos tití

controlándonos desde la Casa Blanca.

Al son de la corbata

Vestidos de bata,
vestidos de corbata,
que acaba al imbécil que la ata
a su cuello.
Irreverente,
¡sereno!
costumbre endémica que asesina el deseo.
Sexo,
revolución,
en una cama inicia la misión
de acabar
con todo aquel
consumista inexperto que se deja pillar
en el que su actuar se puede evidenciar
la estupidez,
la descomposición
de un mundo atado al cuello
con corbatas,
con vestidos,
con collares…
su única intención fatal es esconder;
disimular
lo poco que les queda de vida;
lo poco que vivieron;
lo poco que hicieron bien;
lo poco que fueron a misa
o lo mucho que fueron a misa.
Disimular, en todo caso,
que nunca estuvieron vivos,
que son una mentira,
igual que su dios,
que no son más que títeres
maquinados por un sistema,
también títere,
en el que quienes no llevamos corbata
estamos locos.